«A más crisis, más solidaridad» – GENTE Online
 

"A más crisis, más solidaridad"

"Nadie es una isla / completa en sí misma. / Cada hombre es un pedazo del continente, / una parte de la tierra. / La muerte de cualquier hombre me disminuye / porque estoy ligado a la Humanidad, / y por lo tanto nunca preguntes / por quién doblan las campanas: / doblan por
ti
"  (John Donne, 1571-1631)

Es, bajo los nubarrones de este primer jueves de enero, uno en la multitud. Un metro setenta, ojos celestes, pelo y bigote casi rubios, fatigados zapatos náuticos, pantalón oscuro, camisa a finas rayas azules y blancas. Príncipe (o rey) del movimiento continuo, de la aceleración, se presenta. O mejor, tabletea su filiación:

-Juan Carr, 40 años, porteño, casado, cinco hijos, veterinario, profesor de Biología,
ex boy scout (hace el gesto de ¡Siempre listo!), ex alumno de los padres pasionistas. Me recibí, me casé, atendí gatos y perros, me dediqué a la docencia. Una vida normal, una vida pequeño-burguesa. No estaba mal…

-Pero tampoco estaba bien, parece…
-Un día, allá por el 94, dejé de mirar televisión y de leer diarios. ¿Por qué? Porque los dramas del hambre, de la miseria, de la desesperación, me arrasaban. De pronto me explotó en las manos la mística comunitaria que aprendí con los boy scouts y los padres pasionistas, y decidí mejorar vidas y salvar vidas. Entonces, en febrero del 95, con María, mi mujer, y tres amigos, arrancamos con la Red Solidaria. Algo muy simple: las ganas y un teléfono.

-¿Y después? 
-Después, la gente (los argentinos) y su inmensa capacidad de dar. Nos taparon de generosidad. La gente, y también las instituciones. Porque en la Red colaboran organizaciones católicas, judías, musulmanas, protestantes. Y obreros, empleados, amas de casa, periodistas, lo que se te ocurra y en cualquier emergencia: padres que perdieron un hijo, lisiados que necesitan sillas de ruedas, inundados que lo perdieron todo, enfermos en situación límite que dependen de un trasplante o de un medicamento…

-¿Cuáles son los casos emblemáticos, el cuadro de honor de la Red?
-Tantos, que me olvido. Anotá: el Caso Felipe, por ejemplo. Felipe iba a llegar al mundo con una cardiopatía mortal. Tenían que operarlo en los Estados Unidos apenas unas horas después de nacer. Precio de la operación: 100 mil dólares. Hicimos el llamado, ¡y la gente reventó los bancos! Y hubo final feliz, como todo el mundo sabe. 

-Sigo anotando.
-Falta insulina. Alguien, un diabético, me llama y dice: "Me queda un solo frasco, pero quiero compartirlo con otro
enfermo
". 

-¿La crisis está frenando la ola generosa?
-¡No, todo lo contrario! Créase o no, a más crisis, más solidaridad. Recibimos tantos llamados y tantas ofertas que a veces no sabemos qué hacer. Te diría que hay otro país…

-¿En qué sentido? 
-Un país subterráneo (pero más luminoso) que está más allá de la política, de la economía, de los cargos, de los ministros y sus ministerios, de la burocracia, de la corrupción, de todo. Sin embargo, falta mucho…

-¿Más todavía?
-Sí. Falta algo… filosófico, te diría. Falta crear una cultura de la solidaridad. 

-Sin embargo, por lo que cuenta, parece una cultura establecida y muy sólida. 
-No: es emoción, pero todavía no es cultura incorporada. Es más fácil emocionar que comprometer. Por ahora, emocionamos, pero falta el compromiso total. 

-¿No pide demasiado, Carr?
-Soy un ansioso. Y un ansioso siempre quiere más. Nosotros, hoy, podríamos llenar un estadio al grito de
"¡Solidaridad, solidaridad, solidaridad!". Pero luego, cuando las tribunas quedaran vacías, la consigna perdería fuerza. Sería una cosa abstracta, voluntarista, de puro corazón, pero no un código.

-Creo entenderlo, Carr. Tal vez ese verbo que se haga carne llegue a través de más casos emblemáticos. ¿Recuerda otro?

-Hay una escena que dio la vuelta al mundo: la del comerciante chino llorando después de que los saqueadores vaciaron su almacén. Sucedió en un modesto barrio de Ciudadela. ¿Y sabés qué hizo la gente? ¡Empezó a comprarle a cuenta! Sus clientes le decían:
"Tomá, te compro tal y cual cosa, aunque no la tengas, y te la pago. Cuando puedas comprar mercadería, me das lo que compré…". ¿Te das cuenta? Y te hablo de gente modesta, de barrio, a la que no le sobra un peso…

-¿La Red, hoy, es una gran organización?
-Es todo… y nada. No tenemos papeles, afiliación, personería jurídica, papelería, logotipo, tarjetas, nada. No sabemos cuántos somos. Suponemos que, en todo el país, pasamos los dos mil, pero no estamos seguros. Tenemos, sí, unos cincuenta que son de fierro: los voluntarios que atienden los teléfonos de nueve de la mañana a diez de la noche, y de lunes a domingo, en turnos rotativos de tres horas. El resto (el milagro de la Red), lo hace la gente. Nosotros no tocamos ni un par de zapatillas…

-¿Qué hacen, entonces?
-Tendemos el puente entre la necesidad de unos y la generosidad de otros. Una generosidad que, te juro, desborda cualquier cálculo. El otro día, durante la batalla a pedradas entre un grupo peronista y un grupo de izquierda, un camarógrafo se jugó la vida protegiendo a un colega de otro medio. En medio de la lluvia de piedras lo abrazó como un padre a su hijo mientras gritaba: "¡No lo toquen! ¡Es periodista! ¡Está conmigo!".

-Quiero más casos, Carr.
-La memoria empieza a ayudarme. En la puerta de un banco, con un calor de infierno, una jubilada que estaba en la cola se desmayó. Enseguida, un empleado del banco -que a lo mejor gana menos de 400 pesos- le dio 50 pesos de su propio bolsillo. Eso no lo ves ni en una película. Y la lista es más larga…

-Anoto.
-Una mujer quedó en medio de un tiroteo, y un policía la protegió con su cuerpo. Perdió un ojo, pero le salvó la vida. En Navidad, un hombre de 32 años, padre de siete hijos, desocupado (¡las tenía todas en contra!), sufrió una hepatitis fulminante. La Red entró a funcionar, llegó un hígado, y a las tres de la mañana, en el hospital Eva Perón (ex San Martín), ya estaba listo un equipo completo de cirujanos y anestesistas que luchó seis horas y le salvó la vida. Esa es otra gran foto de la Argentina subterránea…

-¿Qué otra foto tiene en el rollo?
-¡Tantas! Chicos perdidos, comedores escolares que piden auxilio, diabéticos desesperados porque empieza a faltarles insulina…, y ese hombre que un día nos llamó y dijo:
"Soy un enfermo de sida, mi mujer murió, vivo en una plaza, y lo único que tengo (que tenía) es esta moneda para llamarlos por teléfono. Ayúdenme, por
favor…
". 

La conversación sucedió en un bar rectangular, humoso y bullanguero, a espaldas del viejo edificio del Ministerio de Obras Públicas, mientras en su frente, bajo nubes cada vez más negras y algunas tenues gotas, un grupo de diabéticos convocados por Juan Carr clamaban, sin gritos, por una insulina que había empezado a desaparecer de las farmacias. La conversación fue entrecortada porque Juan Carr, hombre que anda a mil (pero en serio, no actuando, como tantos), la interrumpió tantas veces como su celular, a esa hora una piedra ardiente, chilló, vibró y le instaló un mensaje de necesitados, necesidades, dramas, situaciones límite, pedidos de auxilio, dados en el aire con sólo dos caras: vida y muerte. Pasaron por ese teléfono, en una vuelta entera de reloj, las mismas o parecidas cosas que desde hace seis, casi siete años, ocupan la mitad del día o de la noche de Juan Carr, de su mujer, de los cincuenta voluntarios de fierro que montan guardia desde el sol hasta la luna y de lunes a domingo, sin feriados, sin
vacaciones, sin fiestas de guardar. Las mismas o parecidas cosas: un chino despojado y doliente, un lisiado sin silla de ruedas, un hombre o una mujer derrotados en el final de la vida, un desesperado de la tierra que se arropa (si tiene con qué) en una plaza para enfrentar las interminables horas de la oscuridad. 

Y cuando la conversación se terminó, Juan Carr me apretó la mano, respiró hondo, salió del bar y se mezcló en la calle con su gente y duro tiempo. Sólo volvió a acercarse a mí para decirme:
"Acordate. Ni héroe, ni líder ni caudillo. Soy sólo un pequeño burgués que, además, no quiere renunciar a serlo. En todo caso, nada más que un tipo preocupado por los demás que descubrió algo formidable: la desesperada necesidad de dar, dar siempre, dar todo, que tienen sus compatriotas. Por supuesto, quiero que esta obra, la Red Solidaria, sea cada vez más grande y más perfecta. Que marche por sí misma, como algo tan natural como el aire o el agua. Pero -como te dije- pasar de lo puramente emocional a lo filosófico lleva tiempo. Tiempo: el peor enemigo de un ansioso como yo. Chau, y
gracias
".

Si lo ve por la calle, tal vez no lo reconozca. Porque, uno setenta, ojos celestes, pelo y bigote casi rubios, es un hombre común, sin pantalla mediática ni discurso ampuloso. Sin promesas públicas. Sin más prensa que aquella que lo busca, no la que él llama. Es, como el título de Miguel de Unamuno, nada menos que todo un hombre.

Es más fácil emocionar que comprometer. Por ahora, emocionamos, pero falta
el compromiso total".
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"Es más fácil emocionar que comprometer. Por ahora, emocionamos, pero falta
el compromiso total
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Vean el caso de Felipe. La gente acudió en masa, y logramos los 100 mil dólares para operarlo. Aportaron desde Tinelli hasta miles de personas anónimas"">

"Vean el caso de Felipe. La gente acudió en masa, y logramos los 100 mil dólares para operarlo. Aportaron desde Tinelli hasta miles de personas anónimas"



 
 

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