El clima estaba enrarecido en el Gran Buenos Aires desde que se vislumbraron las primeras luces del último miércoles. Poco después serían saqueados alrededor de 9.000 negocios. La imagen televisada del comerciante chino Jian Shi, envuelto en llanto mientras despojaban su autoservicio en Ciudadela, recorrió el mundo como el elocuente ícono de
una Argentina que comenzaba a arder. Sin embargo, al menos en el vasto territorio provincial, el desborde social, pese a superar todo lo imaginable, fue algo así como la crónica de un estallido anunciado.
Días antes, algunas calles de La Matanza amanecieron luciendo afiches que incitaban a la rebelión, suscriptos por un ignoto
Frente Argentino de Recuperación del Orgullo Nacional (FARO). De inmediato, tanto fuentes del Ministerio de Seguridad provincial como integrantes de organizaciones barriales coincidieron: detrás de esta organización -dicen- estaría el ex coronel carapintada Enrique Venturino, a quien ya en 1989 se mencionó como uno de los operadores de los graves disturbios que provocaron la renuncia anticipada de Raúl Alfonsín.
No menos significativa fue la presencia, en distintos puntos del conurbano, de hombres jóvenes que se desplazaban con handys en vehículos no identificables instigando a los saqueos. Mientras otra avanzada de operadores recorría comercios de la Capital, desparramando falsas versiones sobre hordas de hambrientos que avanzaban para saquear sus locales.
A esa fatídica ensalada compuesta por provocadores de ultraderecha, activistas de izquierda y delincuentes comunes lanzados a la acción en pos de heladeras y televisores, se sumaba cierta ambigua actitud policial, cuyos efectivos en algunos casos se mostraron remisos a proteger la propiedad privada de los ataques.
"A mí también me tocaron el bolsillo", habría dicho un comisario inspector de una seccional de Moreno a un grupo de manifestantes que merodeaba una sucursal de
Coto.
En el transcurso del miércoles negro, el huevo de la serpiente resultaba demasiado confuso y complejo de desentrañar. Mientras los intendentes radicales sugerían que el PJ fue el que fogoneó los saqueos, los intendentes justicialistas tampoco podían calmar a la gente. Y el gobernador Ruckauf salía al cruce de las sospechas con un razonamiento tan lógico como frontal:
"Si hubiera podido organizar saqueos en Santa Fe, Rosario, Entre Ríos y mi provincia, ya habría tomado el
poder".

Decenas de sujetos encapuchados, muchos de ellos portando armas, se mezclaron entre una multitud de chicos, adolescentes, madres y hombres de todas las edades que se disputaban las bolsas de comida.