-¡Hambre! -lanzaba sin vueltas Mario Alberto Kempes, con la seguridad que mostraba en las áreas.
–¿Hambre?... Cobran sueldos astronómicos, firman contratos publicitarios de seis ceros, convierten en oro cuanto tocan. Disculpe, pero lo que menos sufren aquellos que representarán a los distintos seleccionados es hambre.
–No hablo de hambre de comida. Para ganar un Mundial se necesita otra clase de hambre.
–¿Existe otra clase de hambre?
–Obvio, el de gloria.

–¿Usted lo experimentó?
–Junto con veintiún compañeros, en Argentina ‘78. Del 8 de mayo al 25 de junio consagratorio sólo salimos un día.
–¿Y cómo saber si existe hambre de gloria?
–Se respira en el aire. Mirá, algunos todavía dudan sobre si el partido en que, duranta ese Mundial, superamos 6-0 a Perú estuvo arreglado, y yo te aseguro que si hubiésemos necesitado diez goles, metíamos diez goles. Había hambre, hambre de gloria.
“POR SUERTE LA PALABRA 'GOL' SE PRONUNCIA IGUAL EN DISTINTOS SITIOS, JE"
Fue antes de Sudáfrica 2010 y antes de Brasil 2014, cuando quien escribe entrevistó al legendario futbolista durante la previa de ambos Mundiales para hablar de tal competencia, pero en especial para recorrer una rica historia personal y deportiva que lo llevó a ser el emblema de la Copa 1978, cuando obtuvimos, en territorio propio, nuestra primera estrella dorada. El caballero campechano nacido en Bell Ville el 15 de julio de 1954 ya había aterrizado un tiempo atrás (2004) en Bristol, condado de Hartford, Connecticut, contratado por ESPN (Entertainment and Sports Programming Network) International, para sumarse a los cuatro mil empleados de la empresa fundada en 1979 por el local Bill Rasmussen; instalándose en su territorio de diecinueve edificios y casi cincuenta hectáreas.

“Salvo por un regreso momentáneo a Buenos Aires entre el 2008 y 2009 -contaba-, con mi familia nos radicamos en los Estados Unidos. Me divierte el trabajo, al punto de levantarme a las siete de la mañana para ver fútbol inglés, aunque no me toque comentarlo. El frío, cuesta... En invierno penamos temperaturas de siete grados bajo cero. De noche tomaba un café con leche calentito, comía alguna tostada y a dormir. ¡Ni un asado podía preparar! La parrilla es mi debilidad. Pido cortes especiales y los guardo en el freezer para asarlos las tardes en que aparezco temprano. Más que una casa con parrilla, mi hogar es una parrilla con casa”, acudía a su humor cordobés, costado que jamás lo abandonó. De la misma manera que no lo hizo con ESPN, cadena de la que sigue siendo analista ahora, en pleno México/Estados Unidos/Canadá 2026.

–Confiesa que lo divierte su trabajo... ¿No le costó acostumbrarse, de ser mirado y admirado, a mirar y admirar a otros jugadores? -le consultábamos.
–Nada. Mi retiro no resultó traumático, no me generó un vacío y no corté de un domingo al otro. Transité un cuarto de siglo como profesional, pasando por nuestras canchas y las de España y Austria, y a los 39, cuando sentí que mis chiquitas (Nicole y Natasha) crecían y se les complicaba el idioma, retornamos.
–¿Se defiende a la fecha con el inglés?
–Yes (respondía). Si la frase es chiquita y se deja, ja ja. Thank you por preguntar (se tentaba).Todavía necesito perfeccionarlo. Bah, no sé manejarme en inglés. Es como mi pierna derecha, cero habilidad. Por suerte, la palabra “gol” se pronuncia igual en distintos sitios, je. Yo gozo lo que me toque.
“UN MUNDIAL NO SE GANA CON EL MEJOR SELECCIONADO: LO GANA EL MEJOR EQUIPO”

Claro que al Matador o Guaso -sus apodos- no le tocó poco, admitía mientras se veía venir las siguientes preguntas e intentaba avanzar en la entrevista mitad en serio, mitad en broma: “Mal no me mantengo. Peso los mismos 84 kilos que en el ’72, al fichar para Instituto de Córdoba, y mido el mismo 1,82 de altura que en la vieja época. El problema pasa por el pelo. Podría jurar que me lo corté pero, en realidad, se cayó, le di libertad de acción”, redondeaba risueño, preguntándole al periodista. “¿Te parece que si jugara ahora sería como (David) Beckham, que me seguirían los paparazzi?”.
–No sabemos, pero… disculpe, ¿cuál era su sueño de chico?
–Convertirme en futbolista.
–¿Después?
–Llegar a Primera División.

–¿Luego?
–Entrar en la Selección.
–¿Más tarde?
–Representar a mi camiseta en un Mundial.
–¿Otra cosa?
–Avanzar, acceder al partido decisivo y meterla en un par de oportunidades.
–¿Paramos ahí?
–Podés imaginar jugar la final, pero salir campeón y meter dos goles, ¡ni borracho!

–¿Cerramos?
–Quedar goleador y recibir el Botín de Oro.
–¿Listo?
–Y que me den la Pelota de Oro como mejor futbolista del planeta.
–Okay, ¿entiende la pregunta, entonces? Porque usted consiguió lo que soñó...
–(Reía) Cierto. Las distinciones que te nombre únicamente pudimos alcanzarlas Paolo Rossi (Italia), en España 1982; Ronaldo Nazário (Brasil), entre Corea/Japón 2002; y yo, en Argentina 1978. Sucede que ahora el fútbol ingresa a todos los hogares, tornándose un negocio fabuloso y una vidriera incomparable. Pagan millones de euros por los pases y ¡hasta las mujeres conocen vida y obra de cada profesional! Antes, antes...

–¿Cuánto costo su mayor transferencia?
–Quinientos mil dólares. En el ‘76, de Rosario Central al Valencia español. Durante 1981 dejé el club, rumbo a River. No hubiese existido problema en ir a Boca. A mí me interesaba jugar. De allí que jamás me expulsaron en medio de un encuentro. Cobraba duro dentro de la cancha y me la bancaba. En mis diecinueve temporadas gané y gasté. Aunque disfruto recordando el Mundial, sé que de la gloria no se puede comer, y la sigo remando.
–Antes de avanzar, ¿qué imagenes lo invaden del 25 de junio del ’78, fecha de la final ante Holanda?
–La de un grupo mentalizado en un objetivo deportivo, la de la gente festejando. El tiempo ha demostrado lo difícil de obtener semejante título.

–César Luis Menotti, el técnico de aquel equipo, declaró algun a vez en el diario Corriere della Sera que se sintió usado por el presidente de facto, Jorge Rafael Videla. ¿Sabian lo que ocurría alrededor?
–Yo no me sentí usado, porque yo fui a jugar al fútbol. Aparte, nuestra sede se eligió en 1974, antes de que cayera la democracia. Recién conocimos la gravedad de lo acontecido al difundirse los detalles tras la Guerra de Malvinas, en el ’82. Acepto, a la distancia, que se trató de un momento desagradable, pero nosotros no sabíamos ni medio. Y extiendo la explicación a los que tildan de “arreglado” el famoso 6-0 contra Perú.
–¿No lo estaba?
–Mirá, el equipo de Marcos Calderon venía desahuciado en la segunda fase, ya estaba afuera. No obstante, entre los 15 y 20 minutos clavó dos tiros en el palo que nos cargaron el alma de escalofrío. Te aseguro, y a no dudarlo, que teníamos el hambre necesario para pelear el campeonato. Hambre que faltó en 1982 para repetir el título. Nunca se admitió que nos equivocamos y terminamos despidiéndonos temprano. En el ’78 pasamos cuarenta días encerrados, mentalizados. En España nos concentramos cerca de la familia, a orillas de la playita. Estaba corrido el blanco.

–Culminado su tercer y ultimo Mundial, retorno al Valencia, continuó en el Hércules y saltó al Viena, al Sankt Polten y al Kremser, de Austria. Durante 1991 se retiró de la Primera. Pese a que representó y dirigió conjuntos de diversas nacionalidades, su actualidad lo sorprende comentando fútbol internacional en los Estados Unidos. Revélenos la receta para que le paguen por ver partidos -le pedíamos.
–Salté de aquí y allá, y regresé a Valencia, para emplearme en Canal 9. En Valencia soy más conocido que en cualquier lugar. Lógico, a lo largo de treinta años y pico apenas permanecí tres en Argentina. Mis hijos mayores (Mario José -a la fecha de 41-, Magali -46- y Arianne -47-, del matrimonio con la local Maria Vicenta) residen en la ciudad. Yo uso pasaporte español. Lo cierto es que cierto día llamaron de la cadena ESPN Latinoamérica. Pensé que se trataba de una joda. Y no. Me convocaron, superé las pruebas, firmé contrato y nos vinimos con Julia (venezolana, su segunda mujer) y mis hijas menores, Nicole y Natasha.
“NI MARADONA, NI PELÉ, NI MESSI, NI YO, NI NADIE GANA UN MUNDIAL SIN UN EQUIPO SÓLIDO RESPALDANDO”

Orgulloso argentino (“De poder, residiría en mi país. Sucede que la cosa viene difícil por ejemplo para dedicarme a la dirección técnica, tarea que desarrollé hasta 2001. Si no se dan rápido los resultados, durás un suspiro. Además, no concibo el fútbol sin hinchada visitante. Es como comer asado sin achuras”), por entonces el hijo de Eglys y Mario y hermano de Hugo, cotejaba: “Me resulta imposible comparar deportivamente las épocas. ¿En la actualidad uno rendiría igual que lo que rindió en 1978? ¿Qué habría pasado conmigo ahora? ¿Daba mi capacidad para el fútbol actual? ¿Seguro que me convertiría en figura? Lo mío era diferente, un goleador atípico que carecía de habilidad en los perímetros cortos, pero que si le dabas espacio… funcionaba”, explicaba recordando aquellas arremetidas, en especial el par de tantos convertidos contra Holanda durante la definición 3-1 en la cancha de River, tema recurrente al que le resulta imposible no regresar. “Una casualidad, una linda casualidad. Estuve en el momento preciso y lo aproveché. En un equipo solidario, talentoso y unido, a mí me tocó ese boleto. Les ocurre a muy pocos, lo admito”, señalaba humilde el hombre de los ojos castaños.

–Usted en el ‘78, Maradona en México, Lionel Messi..., ¿no le parece que un jugador extraordinario basta para lograr un Mundial?
–Ni Maradona, ni Pelé, ni Messi, ni yo, ni nadie. Las individualidades marcan una diferencia en el momento justo; no obstante jamás pueden ganar un Mundial sin un equipo sólido respaldando. Retomo el partido frente a Perú. Necesitábamos triunfar por cuatro. Bueno, yo sólo emboqué dos.
–Sin embargo antes, en el debut, atajó con sus manos un remate que determinaba el 1-1 de Polonia. Ahí, en lugar de meterla para adentro, la empujó hacia afuera...
–Si el Pato Fillol no le atajaba el penal al capitán Deyna, nos empataban y quizá luego no clasificábamos.

–¿La suya fue la gran mano que les dio Dios en nuestra Copa del Mundo?
–Error: La mano de Dios fue en el ‘86, ja ja. Pero, en serio, armar un verdadero plantel es algo importantísimo. Cuando menos grupos internos en un Seleccionado, mejor. Quienes no se hablan fuera de la cancha, lo trasladan adentro. No todos pueden ser caciques; también se necesitan indios. Por otro lado, en 1978 a mí sólo me antecedía un campeonato local en Bell Ville y el ascenso a la A con Instituto. Tenía...
–Hambre.
–Hambre, pero de gloria. Al buen fútbol y a la suerte hay que ayudarlos con hambre.
Fotos: Archivo Atlántida,
gentileza de Eduardo Biscayart, Darío Welschen y ESPN, y redes sociales
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