Un estudio publicado en Archives of Internal Medicine –con seguimiento de más de 23.000 adultos griegos durante seis años– encontró que quienes hacían siestas regulares de al menos 30 minutos tres veces por semana tenían un 37% menos de riesgo de muerte por enfermedad coronaria que quienes no descansaban.
Quienes siestaban ocasionalmente también se beneficiaban, aunque en menor medida: 12% de reducción del riesgo. La investigación, a cargo de Androniki Naska de la Escuela de Medicina de la Universidad de Atenas, fue publicada el 12 de febrero de 2007.

La NASA también investigó el tema desde el ángulo del rendimiento: sus estudios con pilotos de largo alcance determinaron que una siesta de 26 minutos mejoraba el desempeño en un 34% y reducía a la mitad los indicadores fisiológicos de somnolencia, los llamados microeventos, lapsos involuntarios de conciencia de entre uno y quince segundos. La cifra de "100% de aumento en el estado de alerta" que circula habitualmente refiere a ese dato comparativo: los pilotos sin siesta registraban el doble de microeventos que los que habían dormido.
El neurocientífico Matthew Walker, autor de Why We Sleep, sostiene que la caída de energía de media tarde no es cultural sino fisiológica: responde a un descenso real de la temperatura corporal que ocurre entre la una y las tres, independientemente de si la persona almorzó o no. Ahora... ¿faltan más evidencias de porqué es bueno hacer siestas?

Los países que la practican y los que la abandonaron
España, Italia, Grecia, México y buena parte de América Latina –ya sabemos que en Argentina, tal vez más en los pueblos que en las urbes es una verdadera tradición– construyeron sus ritmos sociales alrededor de ese descanso. Japón tiene un concepto propio: el inemuri, el arte de dormirse en cualquier lugar sin perder el estatus social –en oficinas, trenes o reuniones– que lejos de verse como flojera se interpreta como señal de dedicación extrema al trabajo.
El problema llegó con la urbanización y los horarios corporativos de ocho horas continuas. España lleva más de una década discutiendo si el hábito sigue siendo viable: las ciudades grandes ya lo abandonaron en la práctica, aunque persiste en zonas rurales y en el imaginario colectivo.

El efecto de la siesta perfecta
Los especialistas en medicina del sueño coinciden en tres variables: duración de entre 10 y 20 minutos para evitar entrar en sueño profundo –que genera la inercia que deja aturdido–, horario entre la una y las tres de la tarde, y oscuridad o antifaz.
El llamado coffee nap –tomar un café justo antes de dormir para que la cafeína haga efecto al despertar– tiene respaldo en un estudio publicado en 1997 por L.A. Reyner y J.A. Horne del Sleep Research Laboratory de la Universidad de Loughborough, en el Reino Unido. La investigación midió a conductores con somnolencia y encontró que la combinación de cafeína más siesta breve reducía los errores al volante más que la cafeína sola, la siesta sola o el placebo.
El mecanismo es preciso: la cafeína tarda unos 20 minutos en llegar al cerebro; si se duerme inmediatamente después de tomarla, el sueño limpia adenosina –la molécula que acumula somnolencia– justo antes de que la cafeína entre en acción. Los dos efectos se potencian.
La paradoja es que los países que más necesitan el descanso –los de mayor productividad exigida– son los que más lo persiguen. Mientras tanto, la evidencia acumula un argumento que pocas culturas quieren escuchar: dormir la siesta no es perder el tiempo. Es, literalmente, invertir en años de vida.
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