Este 21 de abril se cumple un año desde que el Vaticano comunicó la muerte del Papa Francisco: Jorge Mario Bergoglio falleció en su residencia de la Casa Santa Marta a las 7.35 (hora de Roma) del lunes de Pascua de 2025, según el parte oficial de la Santa Sede. Desde entonces, la Iglesia transita el tiempo de la ausencia y, al mismo tiempo, el desafío de la continuidad: hoy hay un nuevo pontífice, León XIV, elegido en el cónclave del 8 de mayo de 2025.
En Argentina —y también en Roma— el aniversario volvió a activar un movimiento que mezcla duelo, gratitud y relectura. Hay misas, caravanas, peregrinaciones y celebraciones litúrgicas previstas para recordarlo, desde su barrio natal hasta la basílica donde descansan sus restos. Pero la fecha no es sólo una efeméride: es un espejo. Porque un año después, en medio de un mundo convulsionado, la pregunta se impone con una fuerza casi incómoda: ¿Qué cambió en este año desde la muerte del Papa Francisco?

En este informe audiovisual de GENTE, dos voces con acceso privilegiado al “detrás de escena” —y, sobre todo, al lado humano— ayudan a construir una respuesta: Guillermo Marcó, exvocero de Bergoglio en parte de su tiempo como Arzobispo de Buenos Aires y amigo personal, y Gerardo Di Fazio, investigador de historia y religión, quien lo conoció “de cura, de obispo, de arzobispo, de cardenal y de Papa”, y estuvo entre los últimos en verlo con vida antes de su internación en febrero de 2025.
En este aniversario, el aporte de Marcó y Di Fazio ayudan a poner en contexto un pontificado que marcó una época, con una renovación interna en una institución histórica, provocando cambios celebrados y criticados por igual: “Creo que hay una valoración positiva de Francisco, si bien durante su vida muchas veces se lo cuestionó o se cuestionaban cosas de él, sobre todo dentro de la Iglesia católica, sobre todo”, reflexiona Marcó, quien fue su vocero hasta diciembre de 2006.
Por otra parte, sus testimonios devuelven algo más particular y valioso: el registro íntimo de un hombre que, incluso convertido en figura mundial, siguió hablando con tono de barrio y preguntando por cosas simples.
Marcó lo dice desde el inicio con una frase que ordena la emoción de estos días: “Yo creo que siempre la memoria es una memoria agradecida… y creo que también la gente valora más”. Y enseguida se anima a una autocrítica que, en Argentina, tiene algo de verdad dolorosa: “Es un mal argentino: a veces valoramos a las personas cuando ya no están”.
“Una tercera guerra mundial en pedazos”
Cuando se intenta responder qué cambió desde la muerte de Francisco, Marcó es directo: “Las condiciones mundiales empeoraron”. No lo dice como una sentencia abstracta sino como una continuidad de algo que Francisco repetía: la idea de una “tercera guerra mundial en pedazos”. “Francisco venía hablando hace tiempo ya del tema de una guerra en pedazos… y hoy, este año particularmente, creo que los países que están involucrados hoy en día no hubiesen actuado con tanta beligerancia”, sugiere.

En esa frase aparece una hipótesis fuerte: la ausencia de Francisco no es sólo simbólica, también es política en el sentido más amplio, el de la autoridad moral global. Marcó sostiene que Bergoglio había logrado “una interlocución y un liderazgo mundial” que hacía que su voz fuera “sumamente escuchada y también temida”. Y pone un ejemplo concreto: su postura crítica ante la guerra y su presencia constante a través de llamados y contactos con referentes en la región.
Di Fazio, por su parte, coincide en el diagnóstico general, aunque cambia el foco: para él, no es que la Iglesia cambió, sino que el “escenario” del mundo se volvió más hostil. “Este año nos encuentra al mundo en llamas… un marco terrible… eso es lo que ha cambiado”, afirma. En otras palabras: la sensación que flota en el aniversario es que el escenario internacional se endureció, y que la figura de Francisco —por su modo de intervenir, por su cercanía, por su insistencia— habría tenido un papel distinto si estuviera vivo.
Un gesto concreto ayuda a dimensionar esa “autoridad moral global” que describen Marcó y Di Fazio: durante meses —mientras su salud se lo permitió— Francisco mantuvo un contacto telefónico frecuente con la parroquia de la Sagrada Familia en Gaza, la única iglesia católica del enclave, para hablar con el sacerdote argentino Gabriel Romanelli y enterarse de primera mano de la situación de la comunidad refugiada allí en medio del conflicto armado.
El propio párroco relató una de esas comunicaciones: “El Papa llamó, saludó, preguntó cómo íbamos, cómo estaba la gente”, y agradeció ese gesto “breve pero muy sentido” como señal de cercanía en un contexto “realmente terrible”. Esas llamadas, en un momento de incremento de la violencia y el conflicto armado, llegaron a ser casi diarias, por la noche, y se convirtieron en una rutina pastoral que buscaba acompañar, bendecir y sostener desde Roma a quienes atravesaban la emergencia humanitaria.
“Hay otro Papa”
Aunque el contexto mundial está atravesado de importantes cambios, Di Fazio plantea algo que, para una mirada católica, es esencial: “La Iglesia no cambió nada. La Iglesia sigue siendo la misma iglesia que hace 2000 años. Teológicamente, estructuralmente no ha cambiado nada. Hay un Papa nuevo”.
Esa afirmación se apoya en una idea clásica: la Iglesia como continuidad histórica, más allá de estilos y de coyunturas. Pero el propio Di Fazio matiza: lo que sí cambió fue el marco —ese “mundo diferente al que dejó Francisco”— y, por lo tanto, el tipo de desafíos que hoy se le plantean al Vaticano.

En esa continuidad entra la figura del nuevo líder: León XIV. Marcó lo menciona sin eufemismos: “Obviamente… hay otro Papa”, y agrega un punto que sirve para entender el primer año post-Francisco como transición: “Sigue teniendo presencia y busca construir un liderazgo propio, pero tiene sus dificultades, como las tuvo cada pontificado con su estilo”.
El contraste, entonces, no es de “doctrina” sino de temperamento o estilo. Di Fazio dice que la ausencia se siente en un rasgo: “El acercamiento al otro. Francisco era muy cercano a la gente, rompía la distancia de la sacralidad lejana, improvisaba, hablaba con lunfardos argentinos, sin guión, y eso generaba algo más grande: la percepción de una Iglesia más próxima”. A esa cercanía, la define casi como un modo de traducir a Dios en la vida cotidiana: menos protocolo, más calle.
El legado de Francisco
Aunque ambos entrevistados hablan desde experiencias distintas, hay un punto en el que se encuentran: el legado de Francisco no es sólo “recuerdo”, es una agenda que queda abierta. Di Fazio lo expresa con una imagen potente: para él, Francisco fue “disruptivo” porque mostró que “es posible hacer muchas cosas” desde la vida cotidiana sin necesidad de ocupar cargos de poder. “Nos enseñó Francisco que es posible hacerlo… desde nuestra realidad cotidiana podemos hacer cosas que van a cambiar el mundo, no es necesario ser ni Papa, ni presidente, ni ministro, ni secretario, es cada uno con nuestras acciones del día a día”, afirma.
En ese legado aparece también una palabra que Francisco convirtió en bandera global: la “casa común”, ligada a su enfoque sobre el cuidado del mundo, tema que fue eje central en una de sus encíclicas —documento emitido por el Papa— llamada Laudato Si. Di Fazio recuerda que Francisco puso el tema ambiental en el centro de su papado, y lo asocia con esa idea de “cuidar la casa común” que repetía.
Marcó suma una lectura que conecta esa agenda con Buenos Aires: cuenta cómo, en su experiencia, la ciudad “le aportó” a Bergoglio una práctica intensa del diálogo interreligioso y una sensibilidad por la migración propia de las grandes urbes. Y recuerda un gesto de Francisco ya como Papa: el viaje a Lampedusa (una isla italiana) y la oración por quienes morían buscando futuro atravesando las aguas del mar Mediterráneo para llegar a Europa. No se trata sólo de un recuerdo: es una manera de decir que su mirada del mundo fue inseparable de su experiencia porteña.
Homenajes desde el Vaticano hasta Argentina
Si el Vaticano vive el aniversario desde la liturgia y la sucesión, Argentina lo vive con una mezcla de duelo tardío y apropiación emocional. Marcó lo resume en clave local: “Francisco tuvo un recorrido interesante como para mantener la memoria viva y sobre todo, ver la cantidad innumerable de cosas buenas que hizo a lo largo de su vida”.
Los homenajes planificados para abril —en Buenos Aires, en diferentes puntos del país y en Europa— muestran esa relectura: caravanas por Flores, celebraciones en Luján y conmemoraciones en Roma en Santa María la Mayor, donde está su sepultura. En paralelo, también se percibe una idea que Di Fazio fórmula con crudeza: “Ahora lo extrañamos… este año nos hemos dado cuenta de lo que perdimos”.
Esa frase —que podría sonar universal— en Argentina tiene un peso particular: Francisco fue, durante años, una figura mundial que en ocasiones el país discutió. El aniversario, entonces, opera como ajuste de mirada: se lo mira más entero, más complejo, con menos ruido y con más perspectiva.
La figura del Papa Francisco en la cotidianeidad
Más allá de lo institucional, la figura del Papa Francisco —por su forma de ser tanto en el Vaticano como por su historia en Buenos Aires— sin dudas caló profundo a nivel humano, en la historia personal de muchísimas personas. Un año después, muchos mencionan: se extraña su voz cotidiana, esa presencia que opinaba, intervenía, llamaba, preguntaba, incomodaba y acompañaba. Marcó lo dice sin vueltas: “Hoy ya eso no está… es lo que más extraño, su presencia, su palabra permanente sobre cualquier cosa que pasara”.

Esa personalidad de la que habla su ex vocero no se modificó en absoluto durante su última etapa como líder de la Iglesia Católica: desde su lugar en el Vaticano “llamaba para los cumpleaños —detalla Marcó con emoción—, preguntaba qué ibas a comer, si ibas a hacer asado, si estabas bien. Y no cortaba rápido la conversación: se quedaba, te retenía con humor, te hacía sentir que tenía tiempo para vos”.
Di Fazio aporta la misma idea desde otro ángulo: “En la cotidianeidad era siempre el mismo… se reía mucho, hacía chistes… era muy común, muy normal”. Y recuerda la última vez que lo vio, ya en silla de ruedas, con el cuerpo deteriorado pero “mentalmente plenamente lúcido”. En ese contraste —cuerpo frágil, mente encendida— hay un resumen de sus últimos meses y, tal vez, de su modo de estar en el mundo: resistir para llegar a la Pascua, y despedirse después.
En este clima social y político llega este primer aniversario: con el peso de una ausencia que, lejos de cerrarse, se vuelve más nítida a medida que pasa el tiempo, y con un mundo que —como señalan Marcó y Di Fazio— parece haberse endurecido y acelerado sin ese “freno” simbólico que muchas veces representó Francisco. Así, siendo una figura que sigue funcionando como una vara con la que muchos miden el presente —la cercanía, el modo de hablar, la insistencia por la paz, la atención a lo cotidiano— se afianzan preguntas sobre qué tipo de liderazgo necesita el mundo hoy.
Video: Rocío Bustos.


