La historia de Florencia Jerez, la científica argentina que transforma yerba usada en energía: cómo lo hace – GENTE Online
 

La historia de Florencia Jerez, la científica argentina que transforma yerba usada en energía: cómo lo hace

La ingeniera química desarrolló una tecnología capaz de convertir yerba mate usada en carbones activados para fabricar supercapacitores. En diálogo con GENTE, cuenta que el proyecto ya superó la etapa de laboratorio y podría convertirse en la primera planta piloto de Latinoamérica.
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Florencia Jerez tiene 31 años, nació en Olavarría, provincia de Buenos Aires, y es ingeniera química, doctora en Ingeniería y científica del CONICET y la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). 

Junto a un equipo de investigación, logró convertir residuos de yerba usada en carbones activados capaces de ser utilizados en supercapacitores, dispositivos que almacenan y liberan energía de manera rápida y que pueden complementar el funcionamiento de baterías en computadoras, celulares, electrodomésticos, autos eléctricos y otras tecnologías.

Florencia Jerez abrió las puertas de su laboratorio a Revista GENTE y contó sobre el hallazgo que hicieron: transformar yerba usada en energía para dispositivos.

En una Argentina donde el mate es rito cotidiano, pausa compartida y símbolo cultural, la pregunta que impulsó la investigación tuvo algo de simpleza y de revolución: ¿qué pasa con toda esa yerba usada que, después de cebar, termina en la basura? La respuesta que encontró el grupo de Olavarría fue tan concreta como estratégica: ese residuo vegetal, abundante y problemático, podía transformarse en un material de alto valor tecnológico.

Esa yerba que se acumula diariamente en los tachos y bolsas de miles y miles de hogares argentinos, en el laboratorio, después de tratamientos térmicos y químicos, se puede transformar en un polvo negro denominado carbón activado y en supercapacitores.

Así se ven los supercapacitores hechos a partir de yerba usada y que pueden iniciar dispositivos como celulares, notebooks, incluso un auto eléctrico.

Florencia -quien además de su recorrido por laboratorio, da clases en la UNCEM y demuestra sus habilidades para la docencia- explicó a GENTE en palabras simples: “El carbón activado es un material que, si vos lo ves, es un polvo negro. Pero si le hacés muchísimo zoom vas a ver que en la estructura tiene agujeritos, tiene poros. En esos agujeritos uno puede almacenar energía de forma superficial y por eso está disponible muy rápidamente. Se utiliza cuando necesito arrancar un dispositivo, celular, computadora, lavarropas, incluso un auto eléctrico. Ahí es donde va a funcionar el supercapacitor”.

-Usás la palabra ‘supercapacitor’. ¿Qué es eso?

-El supercapacitor es un dispositivo de almacenamiento que complementa las baterías, siempre van juntos. Las baterías son como un sanguchito en el que se produce una reacción química y esa reacción libera energía de a poquito. El supercapacitor se construye igual, pero la “carne” de ese sanguchito sería el carbón activado. 

La comparación, doméstica y precisa, ayuda a entender un desarrollo que podría tener impacto industrial y, en el largo plazo, estar presentes en los dispositivos que usamos a diario. Porque la investigación no se quedó en una hipótesis atractiva: el equipo probó los materiales, ensambló supercapacitores y obtuvo resultados positivos en laboratorio. 

El recorrido académico de Florencia dice mucho sobre la ciencia argentina: el de una joven del interior bonaerense, formada en la educación pública, que encontró en la universidad nacional la posibilidad de estudiar sin irse de su ciudad.

La Facultad de Ingeniería de Olavarría, donde Florencia y su equipo llevaron adelante las investigaciones para descubrir cómo hacer carbón activado a partir de un residuo tan argentino como la yerba.

Olavarría -conocida como la ciudad del cemento- está en el centro de la provincia de Buenos Aires. Tiene alrededor de 150 mil habitantes y una fuerte identidad industrial vinculada a fábricas, yacimientos, cal y materiales para la construcción. Allí también funciona una sede de la Universidad Nacional del Centro, con carreras como Ingeniería, Comunicación Social, Antropología y Medicina. 

-¿De dónde te surgió la idea de estudiar Ingeniería Química?

-Vengo de una familia muy humilde, pero siempre tuve facilidad para el estudio. Hice mi formación primaria y secundaria en la educación pública. Sabía que quería estudiar, pero obviamente tenía que hacerlo en la universidad pública porque no tenía recursos.

En 2013 empezó Ingeniería Química. En 2017 terminó de cursar. En 2018 se recibió. Y en 2019 comenzó su beca doctoral del CONICET. Fue entonces cuando ingresó de lleno al mundo de la investigación y al grupo que empezaría a trabajar con yerba como residuo para almacenamiento de energía. 

Al principio no sabía que los ingenieros podíamos ser científicos -admite-. Después me di cuenta de que la ingeniería química era una ciencia muy linda, porque hace puentes entre la química básica y la transferencia a la industria. Tenemos esa habilidad de ver un panorama global”.

Florencia mostró sus espacios de trabajo en el laboratorio, donde durante 6 años trabajaron para llegar a este hallazgo, pero que hoy no logran dar el siguiente gran paso.

-¿Cómo aparece la yerba mate en la investigación?

-Empezamos a investigar cuáles eran los materiales más estudiados y qué estaba de moda en el mundo. Ahí aparece la valorización de residuos. En Inglaterra el té; en China, cáscara de arroz. Había una tendencia mundial de valorizar residuos vegetales que generaran complicaciones ambientales. En Argentina empezamos a buscar y aparece la yerba. Pensamos que alguien ya lo había hecho, pero nadie la había utilizado para almacenamiento de energía. Nos postulamos, ganamos el proyecto en el CONICET y de ahí en adelante arrancamos.

El resultado fue una línea de investigación que unió economía circular, energía, ambiente y desarrollo productivo. Porque lo que el equipo de Olavarría plantea no es sólo fabricar un componente útil para dispositivos tecnológicos. Es hacerlo con un residuo argentino, en un país que hoy importa buena parte de los carbones activados que utiliza y que no cuenta con plantas de producción de supercapacitores en Latinoamérica.

-¿Qué se usa hoy en la industria y qué la yerba reemplazaría?

-Hoy ya hay supercapacitores, pero son importados. Se construyen con carbón de fuentes no tan amigables con el medio ambiente, como madera o carbón mineral, o tal vez con residuos de otros países: cáscara de maní, cáscara de coco, carozos de durazno. Es basura de otros países. Les estás pagando por la tecnología y de paso les solucionás la problemática de que no se les acumule ese residuo.

La frustración por la falta de presupuesto

Con toda la evidencia -producto de los años de trabajo en laboratorio- el proyecto no logra consolidarse por fuera de la idea y de la pequeña escala de prueba. La impotencia y la bronca está presente en lo que describe Florencia -y su equipo- porque no sólo es tiempo de trabajo que no logra ver frutos, sino que es una vocación y pasión puesta en la ciencia argentina que se ve frustrada.

La financiación estatal -explicaron- incluso les permitía dar lugar a negociaciones con diversos privados que estaban interesados en el hallazgo.

En 2023 ya teníamos todo el diseño de la planta y habíamos ganado un proyecto nacional, que nos daba el dinero para montar la planta piloto. Habíamos empezado a tener también muchas charlas con empresarios que estaban interesados en ser parte si el Estado ponía su parte. En 2024, la gestión actual, tendría que habernos dado el dinero para empezar y no sucedió y el proyecto se cayó, porque obviamente las empresas tampoco van a asumir todo el riesgo”, describe con resignación.

La situación de Florencia en el CONICET y la UNCEN no es un caso aislado. Informes y análisis públicos sobre el sistema científico argentino vienen advirtiendo desde 2024 sobre recortes, pérdida de poder adquisitivo, congelamiento de partidas y caída de la inversión real en ciencia y tecnología.

La planta piloto, explica, era el eslabón indispensable. No se trata de pasar de un frasco de laboratorio a una fábrica de un día para el otro. La ingeniería necesita escalas intermedias: saber cuánto material se obtiene, cuánto cuesta, qué equipos hacen falta, qué variables deben controlarse, cómo se comporta el proceso fuera del laboratorio. 

-Si no estuviera la cuestión presupuestaria de por medio, ¿en qué instancia estaría hoy todo esto?

-Si a fines de 2023 nos hubieran otorgado el dinero que habíamos ganado, ya hubiéramos montado la planta piloto. En 2024 la hubiéramos hecho funcionar, en 2025 habríamos trabajado todo el año con la planta y hoy estaríamos en una instancia de hacer los cálculos para transferir a la industria. Hubiera sido la primera planta piloto de supercapacitores en Latinoamérica. 

El mapa de interesados era amplio. Habían conversado con empresas, con instituciones públicas, con el Ministerio de Sustentabilidad de Misiones, provincia directamente vinculada a la producción de yerba mate y también a los residuos generados durante la molienda. También aparecían instituciones que acumulaban grandes cantidades de yerba usada y no sabían qué hacer con ella. Incluso el Servicio Penitenciario, cuenta Florencia, tenía problemas con cáscaras de verduras y otros residuos orgánicos.

Si me hacías esta entrevista en ese momento -en 2023-, yo te decía que íbamos a hacer muchísimas cosas. Todo tenía mucho potencial”, remarca con bronca.

En ciencia y tecnología, demorar un expediente puede significar perder una patente, una inversión, una ventaja competitiva o la posibilidad de que una idea argentina se convierta en industria argentina.

Con 31 años, Florencia es ingeniera química y doctora en Ingeniería, y aunque apuesta a dedicarse a la ciencia argentina, se frustra por la falta de presupuesto y voluntad política.

Florencia insiste en un punto: el financiamiento privado, por sí solo, no alcanza para este tipo de desarrollos en etapas tempranas. No porque no haya interés, sino porque el riesgo es alto y los tiempos de retorno son largos.

Ahí aparece el rol del Estado como impulsor inicial, como puente entre laboratorio e industria. La propia Ley 27.614 -Ley de Financiamiento del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación- plantea la necesidad de generar incentivos para la inversión privada en investigación, desarrollo e innovación, pero sobre la base de un sistema público fortalecido.

-¿Surgieron posibilidades de financiamiento privado?

-No al 100%. No es tan fácil decirle a una empresa ‘vas a tener tanta rentabilidad en tanto tiempo’. Por eso estaría presente el Estado, porque lleva mucho tiempo y los empresarios no van a esperar seis años. En un momento pensamos un esquema donde cada uno ponía su parte: el Estado Nacional los equipamientos para la planta piloto, un privado la instalación, nosotros nuestro sueldo y nuestro trabajo. Pero ahora nuestro sueldo está en la lona, no nos alcanza para vivir.

Esa última frase deja entrever -más allá de la situación del proyecto de la yerba- los reclamos presupuestarios y salariales tanto del sector científico como de la docencia universitaria argentina.

En su caso particular, además de investigar es docente. Vive con su pareja, no tiene hijos y dice que, por eso, pueden “ajustarse”. Pero ve a su alrededor una escena repetida: colegas con 15 o 20 años de formación que venden comida, productos por catálogo o artesanías para compensar salarios deteriorados.

“Últimamente las charlas con nuestros compañeros son todas en torno a 'no llego a fin de mes', 'no puedo hacer tal cosa con mis hijos', 'no puedo mandarlos a tal actividad'. Y a la par estamos todos con emprendimientos, todo precarizado. Imaginate: trabajamos 50 horas a la semana entre beca y docencia y después te vas a vender un producto por catálogo o comida. Yo soy ingeniera y doctora en Ingeniería. Tengo como 15 años de formación encima. Es muy frustrante”, describe.

Más allá de la bronca y el cansancio que provocan los reclamos, Florencia mantiene la esperanza de que esa idea que trabajaron durante tantos años en algún momento pueda materializarse, y hasta remarca el orgullo nacional que le provocaría.

“En Latinoamérica no hay ninguna planta de supercapacitores. Ni piloto ni a ninguna escala. Y en Argentina, de producción de carbones activados, hasta hace unos años había muy pocas plantas. Si no querés hacer el supercapacitor y te detenés solamente en producir carbones activados, ya sería un montón, porque es algo que hoy se importa. Es muy valioso porque te da soberanía para tomar decisiones”, asegura.



 
 

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