Gastón Toloza tiene 44 años, es de Buenos Aires, vive en Villa Domínico y como tantas otras personas que crecieron con las historias de los ídolos futbolísticos, su sueño era recorrer el mundo representando Argentina. La vida le tenía preparado la posibilidad de hacerlo pero no desde el deporte, sino desde la música.

Hace 21 años que está metido de lleno en el mundo musical, pero recién desde hace 2 años está cumpliendo este sueño que lleva encima desde chiquito, a través de una fiesta argentina -La Diez- con la que no solo lleva al mundo los ritmos de los grandes artistas locales, sino que también ofrece una experiencia argentina completa: “Son con la identidad de los clubes de barrio, con choripanes, banderas, rock, cumbia y mucha pasión”.
En pleno clima futbolero por el Mundial 2026, Gastón ya tiene un itinerario preparado por diferentes puntos de Estados Unidos: arranca por Miami, sigue por Naples (Florida), Nueva York, Kansas, Houston, Utah y Dallas.
“Yo nunca pensé que me iba a dedicar a la música en mi vida”, confiesa. No fue una vocación de infancia ni el resultado de una formación específica. No estudió para eso ni lo soñó como una carrera posible. “Todo el mundo soñaba ser jugador y decir: yo quiero representar”, recuerda, enlazando ese deseo con la figura de Maradona y con una idea muy fuerte de pertenencia nacional.

De chico jugó al fútbol salón. Pasó por clubes como Deportivo Barracas y otros espacios de futsal, aunque aclara que en aquel momento era todo muy amateur. Pero a los 18 perdió a su papá y a los 19 a su mamá. “Fue duro. Me dejó así… sin nada, viviendo en la calle”, describe sobre lo difícil que fue transitar ese momento y los cuatro años que le siguieron, donde sentía que no tenía un rumbo claro en su vida.
Mientras trabajaba de cadete con la bicicleta, recuerda que una canción de la banda Bad Religion lo atravesó de lleno, fue como un llamado: “Ahí dije: me voy a dedicar a la música”, y entre risas revela: “Igual no sabía cómo, instrumentos no tocaba, tampoco sabía cómo manejar equipos ni de sonido o luces”, pero la determinación, la viveza y la intuición lo llevó a optar por algo que, al menos en ese momento sin redes sociales, era más posible de hacer sin que te pidan referencias: manager.
“En ese momento, vos venís y me decís ‘yo soy manager’, ¿qué te voy a decir? No había forma de comprobarlo”, explica y buscó en internet los que terminaron siendo su primer cliente y por el que entró al mundo musical: Katarro Vandáliko, una banda punk argentina.

No había escuela para eso. No había manual. Lo suyo fue a puro ojo y a pura intuición, algo que lo acompaña hasta el presente y que define de lleno su personalidad: arriesgarse, animarse, probar y luego ir corrigiendo sobre la marcha lo que sea necesario. Así empezó a sumergirse en el mundo del under musical, ir a las puertas de los locales para ver cómo se movía la gente, cómo se armaban los shows, cómo se negociaba, cómo se producía.
En un amplio recorrido que fue de bandas como Cadena Perpetua hasta trabajos ligados al punk y al rock, llegando a ser manager de Ciro Pertusi, Gastón usó su carisma -su principal herramienta de trabajo- para seguir creciendo y aprendiendo. Pero algo faltaba.
Aun con todo lo vivido con bandas -con las que recorrió el país y la región-, había una espina que seguía clavada: “Siempre tuve ese sueño de viajar por el mundo representando a Argentina”, insiste. Si el fútbol no lo había llevado a eso, tal vez podía hacerlo desde otro lugar. Y ahí aparece el germen de La Diez. No como una idea de negocio tradicional, sino como una forma de unir las dos cosas que, según él, mejor expresan a los argentinos en el exterior: el fútbol y la música.

La fiesta, cuenta, nació hace apenas dos años con el respaldo de todo lo que había aprendido antes: organizar giras, resolver logística, negociar con salas, producir eventos y detectar cómo se mueve el público. Con ese bagaje, decidió construir una propuesta que le permitiera llegar a lugares a los que jamás iría con una banda. “Voy a hacer una fiesta en la cual pueda viajar a lugares que jamás en la vida me imaginé viajar sinceramente”, se dijo. Y entre esos destinos aparecieron sitios impensados: Egipto, Japón, China, Rusia, Nueva Zelanda.
Es que imaginar japoneses, rusos o egipcios bailando al ritmo de Pablito Lescano, Los Auténticos Decadentes, El Indio Solari o Karina La Princesita, definitivamente es algo inusual. Incluso tuvo un efecto inesperado para Gastón, al provocar no solo una forma de mostrar al mundo una porción de la cultura argentina, sino también una forma de reencuentro de esos argentinos en diferentes rincones del planeta, que de forma imprevista pueden volver a vivir un momento que los traslada a su tierra natal.
-¿Qué fue lo primero que hiciste para iniciar esta fiesta argentina por el mundo?
-Se lo comenté a un gran amigo que es Tainy, que fue 15 años DJ de Daddy Yankee. Me apoyé en él, es un gran amigo de Puerto Rico. Él me ayudó, me capacitó. De hecho, yo no sabía ni pasar música, para que te des una idea. Fueron dos-tres meses que estuvo en mi casa, tipo un curso acelerado. Yo soy un enfermo de la música argentina, me encanta todo, sé qué hit tiene cada banda, pero no sabía mezclar, ni identificar los ritmos que combinan, cuándo bajar el volumen, todo eso. La verdad que lo que más me ayudó a través de la música es tener grandes amigos.

Ese rasgo aparece todo el tiempo en su relato: la decisión de aprender lo que haga falta para que una idea avance. Con La Diez le pasó así desde el principio. Porque una cosa era organizar shows, y otra muy distinta era entender la lógica de una fiesta. El público no se comporta igual, la promoción no es la misma, los recursos de difusión cambian, las expectativas también. Venía de un método más ligado al rock: spots, afiches, cierta cultura de recital. Pero una fiesta exigía otra lectura del consumo, de la energía, de la manera de convocar. “Tuve que reaprender a hacer una fiesta”, resume.
-¿Qué fue lo más raro que te pasó en estos viajes, sea algo bueno o malo?
-En Nueva Zelanda pensaron que era mula, que traficaba droga. En parte fue culpa mía por no saber inglés. Ahora estoy aprendiendo -remarca entre risas mientras recuerda la insólita situación que vivió-. Me miraron el pasaporte, había estado en 10 países en 15 días. Era plena gira. Y al revisarme las cosas, uno de los policías me pregunta '¿tenés drogas?', yo creyendo me preguntaba si el bolso era mío, le dije que sí. Fue tipo el programa ‘Alerta Aeropuerto’, me llevaron a un cuarto, se puso todo re picante, me dejaron incomunicado varias horas.
-¿Y qué hiciste en ese momento?
-Yo estaba pensando en que tenía que llegar a tal hora para la fiesta y después seguir la gira para Australia. No caía. Encima al abrir mis bolsos, tenía de todo menos droga: alfajores ‘Capitán del espacio’, globos, golosinas, yerba, todo tipo de productos argentinos que son parte de la fiesta. Todas cosas que podían tener droga adentro. Finalmente apareció un mexicano que tradujo y le dijo que iba al cumpleaños de un amigo con temática argentina y me largaron. Una locura, de película.

En esta expansión de ir llegando a los rincones más remotos del planeta, La Diez fue consolidando una personalidad propia. No es una fiesta “de selección” en el sentido literal, aunque el imaginario del fútbol esté en el centro. Propone la idea del “10” como una forma de vida argentina. Toloza lo explica con claridad: para él, “ponerse la 10” es tanto una referencia futbolera como una ética cotidiana.
Por eso insiste en que lo que quiere recrear no es una fiesta premium, sino algo parecido a “la fiesta de un club de barrio” viajando por el mundo. Que la gente sienta olor a choripán, que vea banderas, que perciba ese clima de potrero simbólico del que salieron Diego Maradona y Lionel Messi. Se trata de la posibilidad de instalar un pedazo de país en el mundo, al menos por unas horas.