Noruega atraviesa uno de los meses más oscuros y dolorosos de su historia institucional reciente. Lo que comenzó como una alerta médica, terminó desencadenando un efecto dominó de luto que golpeó de lleno al corazón de la corona. En apenas un par de semanas, el Palacio Real despidió al rey Harald V y a su hermana mayor, la princesa Astrid, sumergiendo al país en dos funerales de Estado casi consecutivos. Y hoy, cuando parecía que los homenajes fúnebres daban un respiro, una tercera y sorpresiva partida terminó de quebrar el plano más íntimo de la familia.
El rey Harald y una despedida que precipitó todo
El dominó trágico comenzó a caer el pasado 28 de agosto a las 06:35 de la mañana, cuando el rey Harald V falleció a los 89 años a causa de una infección bacteriana en la sangre. Su funeral de Estado, realizado el 9 de septiembre en la imponente Catedral de Oslo, reunió a la realeza europea y marcó la última aparición pública de su hermana mayor, la princesa Astrid, quien asistió en silla de ruedas para darle el último adiós.

Apenas dos días después de esa desgarradora despedida pública, y exactamente dos semanas después de la muerte del monarca, el cuerpo de Astrid dijo basta. La princesa falleció el 11 de septiembre a los 94 años. Si bien los medios sensacionalistas rápidamente titularon que murió con el "corazón roto" tras perder a su hermano, el comunicado oficial del Palacio mantuvo la sobriedad que los caracteriza e indicó simplemente que la mujer "se durmió" (sovnet inn) tras arrastrar problemas de salud, como una neumonía sufrida en marzo.
Astrid: la princesa rebelde que ofició de primera dama

Astrid Maud Ingeborg no fue una figura protocolar del montón. Tras la muerte de su madre en 1954, asumió con entereza el rol de primera dama de Noruega durante 14 años, cediendo el puesto recién en 1968 cuando Harald se casó con la actual reina viuda, Sonja.
Pero su verdadera marca personal fue la rebeldía por amor. En 1961, enfrentó la firme oposición del Palacio para casarse con el empresario divorciado Johan Martin Ferner, imponiendo su deseo por sobre las arcaicas reglas de la realeza.
El pasado 23 de septiembre, en la iglesia de Ris, la familia real volvió a vestirse de negro para su funeral. El nuevo rey, Haakon VIII, fue uno de los siete encargados de cargar el ataúd de su tía, quien ahora descansa junto a su marido en la fortaleza de Akershus, el mismo lugar donde fue enterrado Harald.

El golpe final: la partida de Wilma, su fiel compañera
Cuando parecía que los homenajes fúnebres daban un respiro, el propio Palacio debió salir a confirmar una tercera pérdida que terminó de quebrar emocionalmente a los seguidores de la corona. El 23 y 24 de septiembre, en simultáneo con el entierro de la princesa, se conoció la muerte de Wilma, una perrita cruza de chihuahua rescatada de un refugio que no se despegaba de Astrid.

En este momento, es vox populi que que el animal murió de tristeza, pero -una vez más- el asesor oficial de la Casa Real, Simen Sund, aclaró que la mascota de 12 años ya venía enferma desde hacía tiempo. En las últimas horas, Wilma había quedado al cuidado de uno de los cinco hijos de Astrid. Y el final, según el vocero, fue en total paz: murió en silencio, "donde se sentía más cómoda: en un buen regazo".
"Wilma lo es todo para mí. En vez de un mundo roto, tuve un mundo entero cuando llegó", había confesado la princesa en una íntima entrevista a principios de este año con la cadena NRK. Un cierre poético y devastador para una familia que enfrentó tres adioses definitivos en menos de un mes.























































