La historia de Jorge Mario Bergoglio (1936-2025) no puede contarse sin mencionar a María Elena. Ella fue la menor de los cinco hermanos, la "niña mimada" de la familia y, a lo largo de las décadas, se convirtió en la gran confidente de quien luego sería conocido por el mundo entero como el Papa Francisco.
Hoy, en el día en que se cumple el primer aniversario del fallecimiento del Sumo Pontífice (ocurrido el 21 de abril de 2025), el recuerdo de ese vínculo fraternal inquebrantable vuelve a cobrar fuerza.
Sin embargo, a sus 77 años, María Elena elige transitar este momento en el más absoluto silencio y con un profundo bajo perfil. Por eso, para saber cómo atraviesa esta fecha tan movilizadora, GENTE dialogó en exclusiva con su hijo, José Ignacio Bergoglio, el encargado de resguardar la intimidad familiar.

Un presente blindado por el amor y la fe
Frente al aniversario de la muerte de su hermano mayor, su hijo reconoce la carga emocional de estos días: "Obviamente hay fechas que se sienten". Sin embargo, lleva tranquilidad sobre el estado anímico y espiritual de su madre asegurando que "está muy bien y muy contenida".
Actualmente, María Elena reside en la zona oeste del Gran Buenos Aires, rodeada de un entorno de paz y espiritualidad. "Ella está hoy en un hogar de unas monjitas, manejado por unas monjitas divinas, y está muy bien", detalla José Ignacio, agradecido por el cuidado que recibe a diario.
La tierna imagen de este fin de semana
A este presente de paz en la residencia religiosa, se le suma el amor incondicional y vital de su familia, que no la deja sola ni un segundo. Este mismo sábado 18 de abril, en la antesala de una semana tan sensible, José Ignacio la visitó en compañía de su beba de siete meses y tomó una postal íntima del encuentro que vale más que mil palabras.

Este cruce de generaciones es un reflejo del profundo amor de abuela que hoy ilumina sus días, demostrando que, más allá de las ausencias, la vida y la familia siguen siendo su gran motor.
El año que cambió todo: 2013
2013 marcó un antes y un después en la vida de los Bergoglio. Mientras el mundo celebraba la elección del primer Papa latinoamericano, María Elena vivía emociones encontradas. En aquel entonces, confesó que había rezado para que no lo eligieran, no por falta de fe en él, sino por un profundo amor de hermana: sabía que si se convertía en el líder de la Iglesia Católica, ya no volvería a vivir en Argentina.
Y el destino quiso que la distancia física se volviera definitiva. Por aquellos mismos días, la salud de María Elena sufrió un duro revés tras padecer un ACV. Y los médicos fueron tajantes: los viajes largos y estresantes estaban prohibidos. Ese fue el motivo por el cual nunca pudo viajar al Vaticano.
Con respecto a su salud, José Ignacio comparte: "Gracias a Dios hace mucho tiempo dejamos los sobresaltos, como aquellos sustos con su salud en 2013". Desde entonces, es decir, hace casi 13 años, ella está bajo el cuidado de las monjas.
El abrazo que quedó pendiente
Once mil kilómetros separaron a los hermanos, pero ellos jamás perdieron el contacto. A lo largo de los años, se mantuvieron unidos mediante llamadas telefónicas y cartas cruzadas.
Desde el día uno, María Elena siempre definió al Papa Francisco como su "mejor amigo", un hombre que, tras la muerte de su padre, asumió un rol protector hacia ella a pesar de los casi 13 años de diferencia de edad.

Atrás quedaron los tiempos en los que Jorge Mario le cocinaba calamares rellenos y el clásico risotto de hongos, heredado de la abuela italiana, para los almuerzos de domingo. Pero esa familiaridad se mantuvo intacta en el tono de su voz del otro lado del auricular.
Hoy, a un año de la partida del Papa Francisco, María Elena transita el duelo lejos de las cámaras y los micrófonos, cobijada por el silencio de las monjas, el cuidado de su hijo y el contacto sanador con su nieta, la pequeña Sophie. No necesita dar declaraciones públicas para demostrar su amor; su fe y el recuerdo imborrable de su "mejor amigo" son su mayor refugio.


