Mujeres insolentes: las rebeldes que desafiaron los paradigmas, según Felipe Pigna – GENTE Online
 

La historia de las "mujeres insolentes" que desafiaron los paradigmas, narrada por Felipe Pigna

Mujeres insolentes de la historia
Desde Alicia Moreau de Justo a Las espías de San Martín, el historiador y escritor recorre el fascinante legado de aquellas rebeldes "que no tuvieron miedo a ser distintas a las de su época" a lo largo de la historia latinoamericana. "Gracias a ellas, el mundo es un poco mejor", sostiene.
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"Elegimos mujeres representativas de todos los colectivos. Patriotas como Juana Azurduy, escritoras como Victoria Ocampo y Alfonsina Storni, científicas como Cecilia Grierson y luchadoras sociales como Victoria Bolten y Julieta Lanteri, pionera en los derechos del voto", dice el historiador Felipe Pigna en diálogo con Revista GENTE.

Con su libro Mujeres insolentes de la historia (que apareció en dos volúmenes) recibió la faja de honor 2019 de la Sociedad Argentina de Escritores. El contundente aval que recibió su obra, que recupera la vida de mujeres latinoamericanas que rompieron los paradigmas en pos de la construcción de una sociedad más igualitaria hizo que el también escritor pudiera llevarla al teatro (regresa al Teatro Astros el 9 de marzo).

En el Día de la Mujer, fecha en honor a quienes lucharon por la igualdad de derechos ante los hombres, el también creador de historiador.com.ar, uno de los sitios más visitados de la Argentina, retoma a aquellas valientes a quienes la historia “mezquinó la memoria de sus actos”.

Felipe Pigna recorre el fascinante legado de mujeres audaces y rebeldes "que no tuvieron miedo a ser distintas a las de su época" a lo largo de la historia latinoamericana.

A continuación, algunas de las invisibilizadas historias que Felipe Pigna eligió para el volumen 2 de Mujeres insolentes de la historia.

Melchora Lemos (1691-1744): La dama del vino

Su familia pertenecía a la elite cuyana y se dedicaba a la industria vitivinícola. Cuando sus padres murieron, a Melchora le tocó heredar junto con su hermano, una estancia en Uspallata y la bodega que había construido su padre. Para producir necesitaba la viña, por lo que al poco tiempo, cuando tuvo la oportunidad, Melchora le compró a su cuñado la viña, la “botijería” donde se hacían las vasijas y los hornos en los que se cocinaban.

Así inició esta astuta mujer su empresa: cultivaba sus vides, hacía el vino en su bodega y lo envasaba en las vasijas que fabricaba. Pero con su aguda visión, Melchora hizo algo más: empezó a fletar parte del vino a Buenos Aires, donde podía venderse mucho más caro, y se animó a ser la primera mujer en Mendoza en comprarse una pulpería, donde vendía el resto de su producción al público local.

Murió en 1744 y dejó sus bienes a la Iglesia católica.

La escultura en honor a Melchora Lemos en Guaymallén
La escultura en honor a Melchora Lemos en Guaymallén. "Fue la primera mujer empresaria y bodeguera del país, una verdadera visionaria que se abrió camino por sí misma y que demostró tener coraje a toda prueba para defenderse de las agresiones del poder".

Alicia Moreau de Justo (1885-1986): En el país de las injusticias

Empezó con sus militancias siendo muy joven. Los primeros pasos los dio en el Normal N° 1, donde se recibió de maestra y donde tuvo un encuentro con un profesor de Filosofía que la marcó para siempre: Hipólito Yrigoyen, caudillo de la Unión Cívica Radical, que décadas más tarde sería presidente de la Argentina.

Con apenas 19 años, inició su lucha por el sufragio femenino, la promoción de los jardines maternales y otras causas vinculadas al incipiente movimiento feminista y a la educación. En los oscuros y sangrientos años que se iniciaron con el golpe de Estado de 1976, Alicia Moreau apoyó la lucha de las Madres de Plaza de Mayo, a quienes consideraba “el ejemplo de mujeres valientes”, se opuso a la guerra de Malvinas y fue una de las fundadoras de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

Con la llegada de la democracia, llegaron también los reconocimientos: en 1984 fue elegida “La Mujer del Año” y la Universidad de Buenos Aires le entregó un premio como “Médica del Siglo”. Esta referente indiscutida del movimiento de mujeres argentinas murió en 1986, a los 101 años.

Alicia Moreau de Justo
"El voto femenino implica mayores responsabilidades cívicas. Las mujeres no podrán lavarse las manos y decir 'yo no voté, yo no sé nada. El país se va a la ruina y yo no tengo nada que ver'" (Alicia Moreau de Justo)

Macacha Güemes (1787-1866): La madre de los pobres

Su familia, que la apodó “Macacha” (su nombre real era María Magdalena Dámasa Güemes), era rica y pertenecía a la elite: Magdalena Goyechea, su madre, descendía de los conquistadores, y Gabriel de Güemes Montero, su padre, era funcionario de la Corona española. Fue él quien le enseñó a Macacha a leer a los 5 años, algo nada frecuente en esa época considerando que ella era mujer.

A diferencia de los de su clase, tanto ella como su hermano, Martín Miguel, y Román Tejada Sánchez, el capitán del Regimiento de Patricios con el que Macacha se casó a los 16 años, eran hacendados que trataban a sus peones sin hacer diferencias, lo que los hizo merecedores de lealtad y respeto.

En 1810, con el advenimiento de la Revolución, los hermanos Güemes fueron de los primeros salteños en adherir a la causa y darle soporte a la expedición al Alto Perú. Organizaron para eso un ejército de gauchos que años más tarde, sería conocido como los “Infernales” de Güemes, por el color de sus ponchos y por convertir en un infierno la vida de los ejércitos del rey de España.

Entre 1813 y 1823, Salta estuvo casi en guerra. Al lado de “el Padre de los Pobres”, como era conocido su hermano por entonces, estaba siempre Macacha, coordinando tareas de espionaje y jugadísimas misiones con otras mujeres. Ellas escondían en sus polleras, mensajes con información sobre los españoles que les hacían llegar al ejército de gauchos. Así, lograban complicarle la vida al enemigo.

Fueron varias las conspiraciones en contra de Güemes que tuvo que desbaratar, y cuando en 1819, los opositores organizaron el partido “Patria Nueva”, ella formó el “Patria Vieja”, que aseguró el poder del caudillo hasta su muerte, en 1821. Tras este suceso, Macacha siguió al frente de Patria Vieja, hasta que fue detenida junto a su madre, su esposo y otras personas. El “gauchaje” se sublevó para liberar a la “Madre del Pobrerío”, como llamaban a Macacha, y a los demás detenidos, protagonizando lo que se conoció como la "Revolución de las Mujeres”.

Machaca Güemes
La salteña Machaca Güemes, "la madre del pobrerío", coordinó tareas de espionaje y jugadísimas misiones con otras mujeres. En 1866, murió a los 90 años, completamente retirada de la actividad pública.

Las espías de San Martín: Mercedes Sánchez, Eulalia Calderón y Carmen Ureta

Mercedes Sánchez, Eulalia Calderón y Carmen Ureta, arriesgaron su vida por la Independencia y por eso, sus nombres pasaron a la historia. Aunque hubo muchas otras mujeres anónimas que, junto con algunos hombres, conformaron la red de espionaje y contraespionaje que posibilitó a San Martín cruzar los Andes y llevar adelante sus acciones libertadoras.

Todo empezó en 1814. José de San Martín hacía poco que había asumido como gobernador de Cuyo cuando comenzaron a llegar los soldados chilenos que habían sido derrotados por los españoles en Rancagua. Esto representaba una amenaza para los planes del Libertador, ya que las posibilidades de que los realistas cruzaran la cordillera para invadirnos eran muy altas.

De modo que San Martín trató de proteger las fronteras iniciando lo que se conoció como la “guerra de zapa”, que consistía en librar una verdadera guerra informativa y psicológica contra el enemigo para desorientarlo y confundirlo, haciendo circular mentiras, propagando rumores y entregándole información falsa, mientras al mismo tiempo, recababa datos imprescindibles.

Creó, asimismo, una red de agentes, que incluso usaban nombres falsos, para recorrer el terreno y determinar las zonas donde era posible avanzar con sus soldados o combatir teniendo mayores ventajas. Si los descubrían, corrían la peor de las suertes. Sin embargo, nada logró amedrentar a estas valientes espías y San Martín pudo completar con éxito su epopeya libertadora. Cuando todo terminó, algunas de las que lo hicieron posible, como Carmen Ureta, fueron condecoradas.

Manuela Sáez (1795-1856): La libertadora del libertador

Manuela fue siempre una rebelde. La primera señal la dio a los 17 años, cuando se escapó del convento donde estaba internada para seguir a un coronel con el que mantenía una relación clandestina. No eran buenas épocas para esas insolencias y a Manuela, la suya le costó caro.

Uno de los métodos más utilizados para poner en su sitio a las chicas como ella, era el matrimonio obligado, y eso fue lo que hizo su padre: casarla contra su voluntad con James Thorne, un rico médico inglés que tenía 46 años. Manuela tenía 20.

La joven, que había nacido en Quito en 1795, se fue a vivir a Lima con su marido, pero siguió con sus desobediencias y se sumó de inmediato a la causa independentista. Eso significó participar en la conspiración contra el virrey del Perú y que San Martín la nombrase “Caballeresa de la Orden del Sol”. En 1821, regresó a Quito donde, un año más tarde, se produjo el encuentro que cambiaría su vida.

Manuela Sáenz y Simón Bolivar
Manuela Sáenz, la compañera de Simón Bolívar, también en el combate. "Tuvo que pasar mucho tiempo para que la historia la reconociera como heroína de la Independencia de América del Sur".

Después del flechazo instantáneo de Manuelita con Simón Bolívar, y durante ocho años, hasta la muerte del Libertador, la pareja buscó el modo de mantenerse unida. Al principio fue difícil: ella estaba casada y él era el general a cargo de una gesta libertadora.

Bolívar quería tener cerca a Manuela Sáenz no sólo porque la amaba, sino también porque ella era una muchacha culta y valiente, en quien podía confiar para que cuidase sus intereses políticos. De modo que a fines de 1823, la incorporó a su Estado Mayor y le encargó la secretaría y el archivo general del ejército.

Manuelita, además, sabía montar a caballo y manejar armas, y tenía un arrojo a toda prueba, por lo que al poco tiempo, cuando Bolívar partió al Perú, fue tras él, dispuesta a acompañarlo durante la campaña independentista y ser también su compañera de combate.

Trinidad Guevara (1798-1873): En escena

Apenas 13 años tenía la uruguaya Trinidad Guevara cuando, siguiendo los pasos de su padre que también era actor, se subió por primera vez a un escenario. En 1811, época de las luchas por la independencia, que una mujer hiciera algo semejante era un verdadero escándalo. Sin embargo, la actriz redobló la transgresión a los 18 años, al atreverse además a ser madre soltera.

La niña era fruto de su relación con Manuel Oribe –quien más adelante sería presidente de Uruguay–, y Trinidad fue obligada a “entregarla” a la familia paterna para su educación. Esto, más un desalojo que la dejó en la calle, la llevaron a trasladarse en 1817 a Buenos Aires junto con Oribe, aunque muy pronto, el militar regresó a Montevideo, mientras que ella se incorporó al elenco del Teatro Coliseo. Dicen que Trinidad era atractiva sin ser decididamente bella, que tenía una voz encantadora y que pisaba fuerte en las tablas, por lo que no le tomó mucho tiempo ganarse el aplauso de los porteños.

Trinidad Guevara
La actriz uruguaya Trinidad Guevara. Sobre ella decía la prensa: "La dulzura natural de su voz es capaz de agradar a cuantos sepan o ignoren nuestro idioma; pero la medida y la flexibilidad que posee le da el mayor mérito de poder modular el tono de cada palabra en su propio sentido".

A los 21, volvió a ser madre soltera de un varón al que le puso Caupolicán, en honor al caudillo mapuche que lideró la resistencia de su pueblo contra los conquistadores españoles, demostrando su simpatía con las causas revolucionarias (algo de mucho peso en 1819) y lo poco que le interesaba seguir los preceptos morales de su época.

Luego de exiliarse un tiempo en Chile, Trinidad regresó a Buenos Aires y también a las tablas, hasta 1856, cuando hizo su última interpretación. En 1873, la actriz más importante del siglo XIX en el Río de la Plata, murió rodeada de sus íntimos pero olvidada por la prensa y la historia, al igual que otras insolentes que se adelantaron a su tiempo y se atrevieron a desobedecer las normas.

Ángela Baudrix (1797-1871): La compañera de Dorrego

Ángela vivía con su familia en una lujosa quinta en Buenos Aires y tenía 16 años cuando conoció al flamante coronel Manuel Dorrego, de 28. El temperamental joven había abrazado los ideales revolucionarios desde muy temprano: primero, abandonando sus estudios de Derecho para hacerse militar y luego, con el estallido de la Revolución de Mayo, yéndose desde Chile hacia Buenos Aires para sumarse a las luchas por la independencia.

Ángela y Manuel se casaron en 1815. Por aquellos días, la muchacha apoyaba a su esposo corrigiendo los textos que Dorrego escribía para La Crónica Argentina, un diario de tendencia federal y opositor al Directorio y sus políticas centralistas. En 1817, esta oposición le costó a Dorrego ser licenciado del Ejército Libertador por indisciplina y más tarde, cuando estaba próximo a ir a Cuyo al frente de su regimiento, ser arrestado y luego, desterrado en Estados Unidos.

La decisión era por demás arbitraria y Ángela tuvo el coraje suficiente para escribirle una carta al Directorio y protestar por la suerte de su marido, “uno de los más ardientes celosos, y defensores de la patria”. Fue inútil: cuatro años estuvo Dorrego en Baltimore, durante los cuales, Ángela solo contó con el apoyo de su familia.

Ángela Baudrix
Ángela Baudrix, la compañera de Dorrego, siempre abrazó los ideales revolucionarios: "primero abandonó sus estudios de Derecho para hacerse militar y luego, con el estallido de la Revolución de Mayo, yéndose desde Chile a Buenos Aires para sumarse a las luchas por la Independencia".

Tras el asesinato de su esposo y pese a que le correspondían ayudas del Estado como viuda de un coronel del Ejército y como esposa de un gobernador, a Ángela le negaron los dos beneficios. La mujer tampoco tenía ya los bienes heredados, así que para ella y sus hijas no vinieron días felices sino, por el contrario, tiempos de apremios y miserias.

Pero esto no iba a doblegar a la valerosa Ángela, quien no dudó en aceptar el trabajo como costurera que le consiguió Rosas. Ignorando las murmuraciones de las señoras, durante muchos años, la mujer se ganó la vida cosiendo uniformes para el ejército en la Ropería de Simón Pereyra. Recién en 1845, el gobierno de Rosas comenzó a pagarle la pensión que le correspondía como viuda de un jefe militar.

Martina Chapanay (1800-1887): La indomable

Desde que era pequeña, Martina supo entenderse con los caballos, con los que trepaba sin miedo las cuestas más empinadas de su San Juan natal. También supo sacarle los secretos al lazo y al cuchillo, que se hicieron sus amigos. Es que esta niña nacida en 1800, en las lagunas de Guanacache, era hija de un cacique huarpe, Ambrosio Chapanay, y de una cautiva blanca, Mercedes González, una mixtura que le legó belleza, rebeldía y bravura.

A los 13 años, su madre murió y a Martina la mandaron a San Juan capital para trabajar como criada. El trato que le daban no le gustó ni un poco y se escapó para volver con los suyos: los huarpes. La muchacha creció y fue ganando atractivo físico y coraje.

Martina Chapanay
Una ilustración que retrata a Martina Chapanay, quien luchó codo a codo en las huestes del caudillo riojano Facundo Quiroga. "Su naturaleza indomable se hizo mito, tanto que dicen que en San Juan, las mujeres de carácter y rebeldes todavía suelen ser apodadas 'Martina Chapanay'".

Por eso, no dudó en presentarse para ofrecer sus servicios como mensajera apenas se enteró de que San Martín preparaba el cruce de los Andes. Conocía como nadie el terreno y fue un eficaz chasqui entre las columnas del Ejército Libertador. De aquella epopeya le quedó una chaqueta que lució orgullosa durante años.

Tenía apenas 22 cuando conoció a Agustín Palacios en una pulpería. Él integraba las huestes de Facundo Quiroga, el caudillo riojano, y Martina ya era una chica de armas tomar. La muchacha se transformó en compañera de Palacios y se sumó a las fuerzas del “Tigre de los Llanos” como guerrillera de caballería, para luchar codo a codo con Quiroga en las batallas más relevantes.

Arte de portada: Gustavo Ramírez.

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