Hay una palabra que Diqui James, creador y director artístico de Fuerza Bruta, repite cada vez que habla de su trabajo: imposible. La usa siempre en negativo. "No me digas que no se puede", es su instrucción de cabecera para el equipo técnico con el que lleva más de treinta años haciendo cosas que, en teoría, no deberían poder hacerse sobre un escenario.
Una ballena suspendida. Una pelota gigante que el público empuja con las manos. Cuerpos que vuelan a ras del techo. Y una lámina de Mylar –ese polietileno metalizado, traslúcido y casi etéreo– que se despliega por encima de los espectadores como si el cielo bajara a la altura de las manos.

Y en esta nueva temporada de AVEN, que se extiende hasta el 2 de agosto en la Sala SinPiso de GEBA, el Mylar es una de las grandes estrellas del show inmersivo.
Lo que pasa cuando el cielo baja
La escena del Mylar es pura física, sensorialidad y emoción: una superficie reflectante que desciende lentamente desde el techo, moldeable al tacto, que los espectadores empujan con las manos hacia arriba mientras los performers "respondan" con su feedback desde el otro lado. El efecto es el de estar adentro de algo que no existe en ningún otro lugar del mundo.
Una imagen que, desde que Fuerza Bruta la incorporó a su repertorio, se convirtió en sinónimo de la compañía en cada ciudad que visitaron y en referencia ineludible cuando se habla de teatro inmersivo a nivel global.
¿Las dimensiones monumentales del Mylar? Mide 12,5 de largo y 9,5 de ancho. Los números: 350 litros de agua, 4 performers que se sumergen a 38 grados de temperatura y una escena monumental que requiere 2 técnicos permanentes.

Su regreso en esta temporada llega después de una gira internacional que incluyó Brasil, Perú, México, Inglaterra y Corea, y que dejó al show profundamente transformado. Quienes lo vieron en temporadas anteriores –incluso en 2022, cuando AVEN se estrenó por primera vez– van a encontrarse con una propuesta diferente.
Las escenas mutan entre temporada y temporada y la puesta se renueva de manera permanente porque para James el teatro es, por definición, un organismo vivo. "Al estar vivo todo el tiempo, al teatro lo podés cambiar cuando quieras", explica. Y lo hace. A veces de un día para el otro. A veces en medio de una gira. A veces a las tres de la mañana, cuando la idea que llevaba semanas sin aparecer finalmente se instala y no lo deja dormir, y termina mandándose mensajes de voz a sí mismo para no perderla antes del amanecer.

Cómo nació la idea de hacer "el show más feliz del mundo"
AVEN –una palabra sin significado concreto, inventada, que para sus creadores mezcla aventura con paraíso– nació durante la pandemia. Diqui James y Gaby Kerpel, el compositor que lo acompaña desde los tiempos de La Organización Negra, decidieron que el siguiente show sería radicalmente distinto a todo lo que habían hecho antes. "Hagamos el show más feliz del mundo", le propuso James a Kerpel, y esa instrucción se volvió el eje de toda la dramaturgia y la razón de ser del engranaje.

Atrás quedaba la oscuridad de los primeros años de Cemento, el clima rupturista de De la Guarda, la tensión de las etapas anteriores de Fuerza Bruta. AVEN iba a ser otra cosa: una fábula sobre la alegría, construida con maquinarias escenográficas inspiradas en la naturaleza –agua, viento, luz, altura– y con la certeza de que emocionar a alguien no requiere complicaciones ni explicaciones.
"Al final todos terminamos emocionándonos por un amanecer, una ballena, una mariposa que pasó, una ola que rompe en la orilla", dice James. "La idea es ir a la emoción directo. Ganarle a la cabeza", suma.

Esa filosofía tiene raíces profundas. James no llegó al teatro por el camino convencional. Asistió apenas seis meses al Conservatorio Nacional de Arte Dramático antes de abandonarlo. "Mi viejo me dijo: 'Si nunca fuiste al teatro, ¿de qué hablás?'. Y tenía razón. Pero le contesté: 'No me importa, voy a hacerlo, y si no es teatro, inventaré un arte nuevo'."

Así empezó: en los años ochenta con La Organización Negra, un colectivo de teatro de guerrilla que se presentó en el Festival Latinoamericano de Teatro de Córdoba en 1984 sin revelar los nombres de sus integrantes, vestidos de negro, con cabezas rapadas y un aire decididamente punk. No pasaron desapercibidos. Décadas más tarde, ese mismo espíritu –la convicción de que las reglas se inventan, no se heredan– sigue siendo el motor de cada temporada de AVEN.

De Nueva York a Corea: la historia de una compañía sin techo
La historia de Fuerza Bruta es también la historia de una compañía que salió de Buenos Aires y no paró. Empezaron en los festivales internacionales de los años 2000 con De la Guarda, llegaron a Nueva York con la certeza de que nadie iba a entenderlos y terminaron con una fila de celebridades en la puerta cada noche: Leo DiCaprio, Mick Jagger, Madonna.
Esta última fue a ver el show, se enamoró de lo que vio y les llevó literalmente a las cuatro mejores actrices y bailarinas de la compañía para su propia gira. "Nos robó a las cuatro mejores que teníamos", recuerda James sin rencor. "Fue un honor. Tiró arriba de la mesa todas las fotos de De la Guarda y a todo su equipo de producción le dijo: 'Yo quiero hacer algo así'". Una de esas bailarinas sigue entrenando a Madonna hasta el día de hoy.

Desde entonces, AVEN viajó en cuatro contenedores hasta el mítico Roundhouse de Londres –donde tocaron Jimi Hendrix, Pink Floyd y Led Zeppelin– y volvió con las mejores críticas de la historia de la compañía. Hizo catorce semanas consecutivas de funciones en Corea. Pasó por Brasil, Perú y México.
Y regresó a Buenos Aires cada vez más transformado, cada vez con algo nuevo que ofrecer, cada vez con un elenco renovado que aprendió en pocas horas lo que el equipo histórico tardó años en afinar. "En la primera audición en Nueva York fueron cuatro que eran unos bestias y a los dos minutos se habían aprendido todo. ¡Lo hacían mejor que nosotros!", cuenta James, todavía con algo de incredulidad después de todos estos años.

ATP, de pie y sin butacas: por qué es el plan ideal para estas vacaciones
En Fuerza Bruta, el público está de pie, mezclado con los performers, libre de moverse hacia donde la escena lo lleve. La música es en vivo. Las acciones ocurren arriba, alrededor, a centímetros del cuerpo. Es un plan ATP –apto para todas las edades– pensado para disfrutar en familia, con funciones de jueves a domingos a lo largo de dos meses completos. El bar y el DJ funcionan antes del show, el post también tiene su propia vida: una instalación con proyecciones y música que extiende la experiencia más allá de la función.

Una oportunidad, también, para los que ya lo vieron antes: cada temporada de AVEN es técnicamente distinta a la anterior, y Diqui James lo garantiza con el mismo argumento de siempre. "Estoy seguro que es algo que no viste en ningún otro lugar". El regreso del Mylar reafirma esa promesa. Una escena que ya es historia del teatro contemporáneo, que viajó por el mundo y que ahora vuelve a desplegarse sobre las cabezas de Buenos Aires, exactamente donde empezó todo.
Mirá También

