Cruzar Libertad y Lavalle, justo frente a Plaza Lavalle, es entrar en una escenografía que parece calcada del interior del Teatro Colón: paredes revestidas en boiserie y gobelinos, arañas de opalina, una barra con cristalero de bronce que sostiene la ilusión de una confitería de otro siglo. El nombre no es casual: se lo pusieron por su cercanía con el "hermano mayor" que tienen a media cuadra.
Del establo a la concesionaria de un presidente de Boca
Lo que pocos saben es que ese aire de época esconde una historia mucho más reciente y más porteña de lo que parece. El edificio que hoy ocupa el Petit Colón se construyó en 1941, casi al mismo tiempo que se terminaba la Diagonal Norte. Antes de eso, la esquina había sido un establo y, más tarde, un garage de carruajes, según pudo reconstruir Infobae a partir del testimonio de Domingo, encargado del edificio lindero desde hace más de tres décadas.

Pero ese garage de carruajes pertenece a una etapa anterior a la que hoy asocia el barrio con el café: cuando la irrupción del automóvil desplazó a los carruajes, el mismo predio pasó a alojar la agencia de Armando Automotores, la concesionaria de Alberto J. Armando, el histórico presidente de Boca Juniors.
Una confitería pensada como continuación del teatro
El café abrió recién en 1978, casi en simultáneo con el Mundial de fútbol de ese año, de la mano de un grupo de inmigrantes gallegos que fue cediendo su participación societaria con el correr de las décadas hasta que, en 2005, otro grupo gastronómico compró la totalidad de las acciones y tomó las riendas del negocio.

Fue esa nueva gestión la que terminó de definir el diseño que hoy se ve: redujo el largo de la barra para ganar mesas, sumó placas insonorizantes en el techo para favorecer la intimidad de las conversaciones –algo poco habitual en una zona que vibra al ritmo frenético de Tribunales– y conservó la jerarquía de la barra y su cristalero de bronce como elemento central del salón.

Los guiños al Colón que están en cada detalle
Todo el mobiliario funciona como una continuidad del teatro homónimo. Las sillas están tapizadas en pana bordó, el mismo color que las butacas de la platea, con el respaldo esterillado. Las mesas tienen tapas marmoladas y llevan grabado el logo del local en cada esquina. Incluso el televisor, siempre encendido pero en silencio, está disimulado dentro de un marco de cuadro para no romper la puesta en escena.
En la vereda, el servicio se ofrece en mesas redondas con las sillas alineadas contra la vidriera, al estilo de los cafés parisinos. Las paredes conservan retratos de Enrique Cadícamo y Mariano Mores, además de fotos firmadas por Paloma Herrera y Daniel Barenboim, dos nombres que atravesaron el escenario del Colón.

El sótano que funciona como un búnker
El detalle que más distingue al lugar está bajo tierra. En el subsuelo, decorado con una pintura del artista argentino Camilo Lucarini –cuya obra integra colecciones como las de Christina Onassis, Amalia Fortabat y Sean Connery–, hay sillones de cuero, piso alfombrado y un botón en cada mesa para llamar al mozo.
El único contacto con el exterior es la vibración del subte de la línea D al pasar entre las estaciones Tribunales-Teatro Colón y 9 de Julio. Está abierto todos los días, a toda hora, incluso para quien vaya solo.

De los habitués a los precios
Por su ubicación, el público cambia según la hora: de mañana y mediodía, el salón se llena de abogados, fiscales y jueces que cruzan la plaza entre audiencias; de noche, llegan quienes van a ver ópera, ballet o filarmónica. Por sus mesas pasaron tres presidentes argentinos, Eduardo Duhalde, Alberto Fernández y Javier Milei.

Una merienda tradicional puede rondar los 20.000 pesos por persona, mientras que una cena completa puede treparse a entre 30.000 y 40.000 pesos según lo que se pida. Vale aclarar que esta experiencia no debe confundirse con el "High Tea Colón" que se sirve puertas adentro del propio teatro, en el histórico Pasaje de los Carruajes, con tarifa y circuito propios.




















































