En el corazón de la Colonia Doctores, entre aromas a arroz recién hecho y risas de clientes fieles, Baby Face se reinventó. El legendario luchador, temido en los cuadriláteros de la Empresa Mexicana de Lucha Libre (EMLL) y la Universal Wrestling Association (UWA), supo dejar atrás el personaje rudo para convertirse en un referente de la gastronomía popular de la Ciudad de México. Su fallecimiento a los 79 años deja un vacío no solo en el mundo de la lucha libre, sino también en las calles donde su sazón y carisma se volvieron parte del paisaje cotidiano.
José Guadalupe Fuentes Ochoa, conocido como Baby Face, fue mucho más que un gladiador de los años setenta, ochenta y noventa. Sus combates contra figuras como El Perro Aguayo, Canek, Santo Jr. y Rayo de Jalisco lo convirtieron en una leyenda. Era famoso por sus castigos de poder y los machetazos al pecho, temidos incluso por colegas como El Satánico, quien confesó que jamás recibió un golpe tan fuerte como el suyo. Sin embargo, fuera del ring, Baby Face mostraba una faceta completamente distinta: la de un hombre risueño, apasionado por la cocina y siempre dispuesto a compartir una anécdota o una receta.
Del ring a la banqueta: el nacimiento de Los Arroces del Baby Face
Tras colgar las botas y dejar atrás el espectáculo del pancracio, Baby Face encontró en la gastronomía una nueva forma de conectar con la gente. Inspirado por los sabores que descubrió en sus múltiples viajes a Japón —"Yo fui doce veces a Japón (...), pero descanso un día. Ese día había un amigo que se llamaba Kuroneko, entonces le pedí a él que me arreglara con un restaurante para que me dieran una clase de comida japonesa. Entonces yo hice una sazón adecuada a México, y también servir adecuado a México", relató en una entrevista—, el luchador creó una propuesta única: arroces que fusionan la tradición nipona con el gusto mexicano.
El pequeño puesto de lámina, adornado con su imagen y el nombre Los Arroces del Baby Face, se volvió un punto de referencia para trabajadores, turistas y vecinos. El menú, con opciones que iban desde pechuga hasta camarón, conquistaba tanto por el sabor como por la creatividad de sus nombres: A la Dr. Wagner, A la Místico, A la Texano, y hasta A la Averno y Mefisto. Cada platillo era un homenaje a la lucha libre y a la diversidad culinaria que Baby Face supo combinar con maestría.
Un emprendedor que supo reinventarse
La pasión de Baby Face por la cocina no fue un capricho reciente. Antes de abrir su propio negocio de arroces, compartió sociedad con otro ídolo del ring, Super Astro, en las cafeterías El Cuadrilátero, ubicadas en Azcapotzalco. Ambos luchadores, cada uno con su estilo, lograron que sus locales se convirtieran en verdaderos templos para aficionados y curiosos, donde la comida y la lucha libre se daban la mano en un ambiente único.
Con el tiempo, cada uno siguió su propio camino en la industria gastronómica: Super Astro triunfó con sus famosas tortas y Baby Face consolidó su puesto de arroces como uno de los más queridos de la zona. La historia de ambos demuestra que la disciplina, el carisma y la creatividad pueden abrir puertas más allá del deporte.
Un legado que trasciende el cuadrilátero
La noticia del fallecimiento de Baby Face conmocionó tanto a la comunidad luchística como a sus clientes habituales. Si bien no se han dado a conocer detalles sobre la causa de su muerte, su partida marca el final de una era para quienes lo admiraron en la Arena México y para quienes encontraron en su puesto de arroces un refugio de sabor y calidez humana.
Baby Face supo transformar el rigor del entrenamiento y la rudeza del espectáculo en una experiencia culinaria cercana y entrañable. Su historia es la de alguien que nunca dejó de reinventarse, que supo mezclar la tradición con la innovación y que, sobre todo, entendió que el verdadero triunfo está en el cariño de la gente. Su legado, tanto en el ring como en la cocina, seguirá inspirando a quienes creen que siempre es posible empezar de nuevo.




















































