"Quiero agradecerle a cada uno de ustedes por el partido que jugaron hoy y por todo lo que me dieron durante estos tres años. Siempre voy a estar orgulloso de este
grupo". Lo dijo el gran DT, con los ojos enrojecidos, en un vestuario enmudecido en el que se filtraba el grito que bajaba de las tribunas:
"Bianchi no se va/ Bianchi no se va…".
Diez minutos antes, la orquesta dirigida por el Virrey había dado su último show. Un cinco a tres frente a Independiente, que quedará para las estadísticas. Porque allí, dentro de las cuatro paredes acostumbradas a los festejos y las hazañas, poco importaba. Porque él se despedía, los jugadores miraban el piso y sólo había silencio, de esos que se escuchan. Después, se acercó a cada uno para darle un apretón de manos. Lloraba Bianchi, lloraban todos. Cuando le tocó el turno a Román, se estrecharon en un abrazo. Era el símbolo del final del ciclo más brillante de la historia de Boca Juniors: con su conducción, los xeneizes ganaron tres campeonatos locales, dos copas Libertadores y una Intercontinental.
El DIA D. Bianchi se despertó a las siete de la mañana de ese domingo 16 de diciembre. Bajó de la habitación 311 del hotel Los Dos Chinos a buscar los diarios. Saludó a Mario Torres, el jefe de seguridad del plantel y volvió al tercer piso para desayunar un té de boldo y unas tostadas de maíz con mermelada de durazno. Luego vino la caminata por el lobby, la charla técnica y la partida hacia el estadio. Traje gris impecable, camisa blanca, corbata y zapatos negros fue el atuendo elegido. Salió a la cancha como siempre, en el último lugar de la fila. Cuando llegó al círculo central, vio a su hija Brenda, que lo fotografiaba. "¿Qué haces acá?", le preguntó, la abrazó y siguió rumbo al banco. Vio todo el partido parado y gritó como nunca los goles. Por momentos, su mirada se perdió en las tribunas. Sobre todo cuando la multitud cantaba
"Oo-oh soy bostero/ es un sentimiento/ no puedo parar", su favorita. Pero también le corrió un escalofrío cuando La Bombonera le rindió su tributo "…
Que de la mano/ de Carlos Bianchi/ todos la vuelta vamos a dar".
Después, el pitazo final, el saludo de despedida con su brazo derecho en alto, la conferencia de prensa. Cuando entró, toda la familia lo esperaba sentada en la cuarta fila. Paul Nicolás, uno de sus dos pequeños nietos, lo abrazó. Margarita, su mujer y compañera incondicional, le regaló una sonrisa. Ella también estaba emocionada, como Mauro, su otro hijo y Louis Alexandre, su otro nieto. Tenían planeado almorzar en Puerto Madero. En la playa de estacionamiento, Margarita esperaba la salida de Carlos al volante de una camioneta
Mercedes-Benz, pero lo que parecía un simple trámite se convirtió en una maratónica firma de autógrafos que duró casi una hora. Bianchi firmó todo lo que le acercaron y hasta les agradeció a los hinchas. Uno le retrucó:
"Gracias a vos, Carlitos". Otro lo corrigió: "No es Carlitos. Es el señor
Bianchi". Entonces, Bianchi, emocionado, le dijo a GENTE: "¿Sabés por que yo no les digo chau? Porque esto no es un adiós, es un hasta siempre. Yo sé que algún día voy a volver a dirigir a
Boca".
-¿Y ahora qué va a hacer de su vida, Carlos?
-…Nada. Yo ya había dicho que a partir del 31 de diciembre era un desempleado más. Parece que le erré por un par de días (risas). Por eso voy a aprovechar este tiempo libre: ahora que estoy desocupado voy a hacer un curso intensivo de Internet. Hablo francés e italiano, pero nada de inglés. También voy a estudiar ese idioma. Quiero aprovechar para capacitarme. A los 54 años me quiero dar ese lujito…
-Y de hoy, de este día, del homenaje, ¿qué se lleva?
-Miles de recuerdos inolvidables. Porque la gente, los jugadores y la despedida van a quedar grabados en mi mente y guardados en el corazón.

Bianchi saluda a la multitud luego del triunfo ante Independiente por 5 a 3. En las tribunas, muchos hinchas lloraban. Minutos después, también él lloró en el vestuario.

Cuando Bianchi ingresó a la sala de conferencias, sus nietos, Paul Nicolás Louis Alexandre, vestidos de azul y oro, se le tiraron encima para abrazarlo.