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Cavallo después de la tormenta

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Apoco de renunciar, aseguró que no tenía miedo: "Voy a caminar por la calle o hacer footing por los lagos de Palermo como cualqui
er ciudadano común
". Sin embargo, la promesa quedó en meras intenciones. Los cacerolazos y escraches sufridos por políticos de toda extracción lo hicieron desistir. El jueves 7 de febrero a las 8:30 -49 días después de haber vuelto al llano- fue una de esas raras jornadas en las que Domingo Cavallo se permitió abandonar su voluntario encierro en su departamento y entró bajo la lluvia a la sede del partido que él mismo fundó:

Acción por la República. No se mojó mucho porque uno de sus tres custodios permanentes -son seis en total y los mismos que lo protegían en su época de superministro- lo cubrió diligentemente con un paraguas al entrar al edificio de la calle Junín, en el barrio de Once.

Al salir de su casa, se sigue un rito inalterable. El Peugeot 605 gris oscuro que lo trasladará se estaciona a menos de un metro de la puerta de su edificio y
Mingo se lanza al interior para evitar que alguien lo reconozca. Previamente, los custodios revisan toda la fila de autos estacionados sobre la calle Ortiz de Ocampo para detectar sospechosos o fotógrafos. Hoy, los Cavallo casi no reciben visitas. Su hijo Alberto -que vive a media cuadra- pasa a verlo tres veces por día. Y su suegra, la mamá de Sonia, es otro de los familiares que se anima.
Ese jueves 7, el ex ministro sonrió por primera vez en mucho tiempo. Salió al mediodía después de trabajar con los diputados del bloque de su partido -encabezados por Guillermo Alchourrón- en el anteproyecto de pesificación que se debatiría en el Congreso. Se sintió útil y escuchado como en sus días de poder infinito y por eso se le dibujó una sonrisa. Es que ahora sus horas pasan casi monótonas, muy lejos de ese vertiginoso estrés de agendas cargadísimas, celulares al rojo y viajes relámpago a Washington y Europa. Ahora las travesías son de estricto cabotaje. Y evita tomar aviones de línea para no pasar malos ratos con pasajeros indignados. Estuvo casi dos semanas en Córdoba. Primero, en su casa del Cerro de las Rosas, después en la chacra familiar cercana a su San Francisco natal, y por último, unos días en lo de un amigo en Villa Carlos Paz. Siempre evitando ser visto. Por eso, en Buenos Aires rehúsa toda invitación o encuentro social. No usa trajes y siempre viste de sport.

Hoy, Cavallo cuenta las horas que le faltan para declarar ante el juez federal Jorge Ballestero. Será indagado por su responsabilidad en el dictamen que ordenó a los bancos desconocer las sentencias judiciales a favor de varias personas damnificadas por el corralito. La resolución 850 del
Ministerio de Economía está denunciada como Violación a los deberes de funcionario público e instigación a cometer
delitos
. Ballestero ya recibió decenas de acusaciones contra el ex ministro. Son de personas -entre ellas hay varios jueces- que recurrieron a la Justicia y consiguieron una medida cautelar a su favor, aunque todavía no pudieron recuperar su dinero. 
La 850 fue informada a los bancos el lunes 17 de diciembre de 2001. En ella se explicaba que esas entidades
"no podrán aceptar bajo ningún concepto las demandas judiciales, cuyo cumplimiento quedará condicionado a la previa intervención del Estado Nacional". Sin embargo, ante la presión pública, el entonces ministro cambió su actitud y a los pocos días emitió la resolución 863 aclarando que los bancos debían chequear la vigencia de cada orden judicial contraria al corralito.

Jueves 7. 8:30 horas. Una de las primeras salidas de Domingo Cavallo. Entra -bajo el paraguas de su custodia- a la sede de <i>Acción por la República</i>. Habló sobre la pesificación y se fue a las 13:30 horas.

Jueves 7. 8:30 horas. Una de las primeras salidas de Domingo Cavallo. Entra -bajo el paraguas de su custodia- a la sede de Acción por la República. Habló sobre la pesificación y se fue a las 13:30 horas.

Cavallo sube al auto estacionado a poca distancia para evitar cualquier contacto con la gente.

Cavallo sube al auto estacionado a poca distancia para evitar cualquier contacto con la gente.



 
 

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