Desde la banquina de la ruta 5 el hombre se entusiasma con el pejerrey que acaba de sacar. Después de limpiarlo y dejarlo junto a los demás, vuelve a preparar la línea, coloca prolijamente la carnada, leva
nta su caña y el anzuelo vuela otra vez hacia campo abierto. Más tarde sacará un bagre negro y luego otro más pequeño. Son los frutos que regala la pampa cuando se transforma en un mar al costado del asfalto.
Las inundaciones sumergieron 4 millones de hectáreas en la provincia de Buenos Aires. Literalmente, convirtieron al campo en un océano y ahogaron el trabajo, la producción y el comercio del que viven, vivían, miles de argentinos. De todos los distritos de la provincia, Carlos Casares -a 320 kilómetros de la Capital Federal- resultó el más afectado.
Casi el 80 por ciento de sus 240 mil hectáreas quedaron arruinadas. La mitad, sumergida por completo. La otra mitad son cultivos transformados en un barro pantanoso donde los tractores quedan atrapados y la cosecha -que este año iba a ser récord- se muere de a poco.
Es cierto, no hubo necesidad de evacuar a ninguno de sus 20 mil habitantes. Las obras recientes y los canales pusieron a salvo de las aguas el casco urbano y mantuvieron las rutas transitables; sin embargo, cuando el campo se hunde, de alguna manera todo se hunde.
"El 80 por ciento del comercio de Casares vive del agro. Después, la principal empresa del pueblo es el municipio. El agro está detenido y no compra. Los comerciantes, entonces, no venden. Al no vender, no pueden pagar los impuestos y por lo tanto el municipio no recauda.
Es una verdadera tragedia". La voz grave de Edgardo Sadosky, titular de la Cámara de Comercio de Carlos Casares, llena el salón junto al despacho del intendente. Está furioso. Harto de no encontrar respuestas. Por eso el martes, cuando el presidente Fernando de la Rúa llegó hasta Carlos Casares, le reclamó fervorosamente medidas paliativas.
"Las ejecuciones del Banco Provincia y el Nación están detenidas, pero los bancos privados siguen. Por eso le pedimos al Presidente que levante el teléfono, haga una llamada al Central y que pare a los bancos privados. El lo puede hacer. La gente de ceremonial nos dijo que se iba a reunir con las cámaras de comercio de la zona, pero todavía los estamos esperando". Sadosky se detiene y cuelga la mirada en ningún lado. Se pasa la mano sobre la cara como queriendo quitarse un velo imaginario, resopla y remata:
"Si esto sigue así, todas las tierras van a salir a remate. Todos nosotros nos vamos a quedar sin
nada".
En Carlos Casares normalmente se cosechaban 60 mil hectáreas de trigo. Este año, la cosecha no va a pasar de las 15 mil. Lo mismo ocurre con el maíz, la soja y el girasol, que de 50 mil hectáreas cultivadas bajaron a 10 mil, y este año quizá ni siquiera eso.
"Si no hubiera sido por las inundaciones habríamos tenido cosecha récord, pero el agua nos arruinó
todo", dice Juan José Andreoli, quien el 10 de diciembre de 1999 y de la mano de la Alianza llegó a la intendencia de Carlos Casares.
"Cuando asumimos la municipalidad -continúa Andreoli- nos encontramos con una deuda de casi 9 millones de pesos. Y la verdad es que no hemos podido hacer algo para componerla, porque la recaudación ha ido en picada y la cadena de pagos está destruida. Al principio teníamos 13 millones de presupuesto, después hubo que llevarlo a 11 y ahora hay que dejarlo en 9 millones. Los gastos, en cambio, han ido en el sentido contrario: antes gastábamos 600 o 700 mil pesos en arreglos de caminos, y como recaudábamos un millón, se autofinanciaba y sobraba para otras obras. Este vamos a gastar más de un millón de pesos en infraestructura y la recaudación no va a pasar de los 150 mil. Es decir, un
desastre".
Hasta 1973 los volúmenes de lluvia no superaban los 600 o 700 milímetros anuales. Pero el clima cambió, y con él, la suerte de los productores y comerciantes del agro casarense. En 1985 se registró la primera gran suba, con un volumen caído que superó los 1.000 milímetros. En 1991, 1997, 2000 y 2001 se registraron los valores más altos, con 1.600 milímetros al año.
"Con esos niveles de lluvia no hay canal ni obra hidráulica que resista. Se podrán hacer canales y los cascos urbanos no van a tener problemas, las rutas se van a poder operar, pero el 30 por ciento del campo bonaerense va a quedar
inutilizado", explica Andreoli.
Es viernes. Son las 5 de la tarde. El pueblo debería estar desplegando toda su vida. Sin embargo, las calles están desiertas como en una siesta de domingo. Sadosky asegura que
el 98 por ciento de la actividad comercial está parada. Los negocios de la avenida central parecen respaldar ese número con sus persianas bajas y sus puertas cerradas. Mucha gente sale a correr al borde de la ruta 50, otros andan en bicicleta. Pocos trabajan. Pocos tienen trabajo.
El número que ronda en las cabezas de productores, empleados, comerciantes, políticos locales, trabajadores del agro y habitantes rasos, es 30 millones. Eso calculan que se ha perdido este año. Esa es la terrible medida de la lluvia.
"Como están las cosas, lo que queremos es subsistir. El gobernador Ruckauf nos eximió del pago de impuestos. Le pedimos lo mismo a De la Rúa. ¿Y qué es en cambio lo que pasa? La semana pasada, cuando
el agua ya nos llegaba al cuello, empezamos recibir los cobros judiciales de la DGI ¿Con qué quieren que les paguemos…? Y que sepan que cuando se vaya el agua, tampoco van a cobrar. Porque vamos a estar todos
quebrados", se enoja Sadosky. Y se enoja bien.

Algunas pequeñas lomadas se transforman en islotes en el medio del campo. Allí, los animales quedan atrapados por el agua que rodea los montículos de tierra. Una imagen del desastre.

Una vaca pasta lo que puede en medio de las aguas. La inundación también afectó los pastizales que nutren al ganado.

El presidente De la Rúa sobrevuela la zona inundada.