Ni broncas acumuladas, ni pasos acelerados, ni comentarios desmedidos, ni suspiros interminables. El sábado, pasadas las tres y veinte de la tarde, entre los laberínticos pasillos del Cementerio Municipal de Olivos no se escuchaba -por respeto, claro- otra cosa que sólo dos jóvenes llantos: los de Juan y Tomás.
-El Vasco fue, es y será el hombre de mi vida, y después de lo que pasó… imagínense
-se había confesado ante amigas Georgina Barbarossa (47) durante la eterna madrugada de dolor-.
La verdad -continuó mirando el piso de su casa, en Costa Rica al 5700-,
si no fuera por los chicos, me dejaría estar. Es durísimo todo. Pero Dios y el Vasco desde el cielo me darán fuerzas. Será así. Por los chicos voy a seguir luchando. No puedo caerme. Se lo debo a su padre, a mi marido. Se lo debo al
Vasco.
Y por eso -por sus hijos-, Georgina no lloró en público las lágrimas que había llorado (y que llorará) en privado al enterarse -por la llamada de un policía- de que su marido "había sido asaltado y estaba malherido".
Y por eso Georgina no lloró en público el viernes mientras tuvo que enfrentar a los periodistas en la puerta del Hospital Rivadavia donde Miguel Angel Lecuna -53, el compañero de toda la vida- había muerto apuñalado al resistirse a un asalto en un taxi.
Y por eso Georgina no lloró en público incluso hasta las siete del sábado, cuando la mañana logró sorprenderla exhausta por el cansancio y el dolor, y se dejó vencer unas horas sobre la cama.
Y por eso Georgina no lloró en público apenas se levantó, desencajada, y abrazó fuerte a sus mellizos.
Y por eso Georgina no lloró en público luego de recibir las dos rosas rojas que le dejó Roque Tedesco, el chofer del micro de la Nueva Escuela Argentina 2000 en Vidal, entre La Pampa y Sucre, donde estudian sus hijos.
Y por eso Georgina no lloró en público pero sí usó su cuerpo de coraza para cubrir "a los pichones" antes de partir rumbo a la Sala Velatoria O'Higgins, en O'Higgins 2842.
Y por eso Georgina no lloró en público mientras los consolaba, tierna, camino del pequeño y terminante Cementerio Municipal de Olivos.
por Leonardo Ibáñez
fotos: Maximiliano Vernazza, Leandro Montini, Fernando Arias, Christian Beliera, Diego Soldini, Pablo Lázaro y Julio Ruíz

Acongojados, Georgina y sus hijos Tomás y Juan llevan el cajón hacia la bóveda del Cementerio Municipal de Olivos donde quedará resguardado. Fue el sábado a las 15:25. Los acompaña Mariano Iudica, movilero del programa de Georgina. Los chicos llevaron un pequeño ramo de jazmines para dejar sobre el féretro de su papá.

Antes de regresar a su casona de Palermo Viejo, madre e hijos recibieron decenas de abrazos y el apoyo incondicional de numerosísimos amigos. Ahora saben que deben seguir adelante.