Está deprimida. Pero, sobre todo, aburrida. Los días en la quinta de Villa Rosa se le hacen cada vez más monótonos y grises. Su hijo Antonio no los visita desde Navidad. Aíto está muy entretenido planeando un futuro mejor fuera del país. Su marido, Fernando de la Rúa, se pasa
las tardes leyendo el Código Penal para buscar nuevas "puntas legales" que puedan servirle para su defensa en la causa que lo involucra en la mortal represión del 20 de diciembre. Pasa las horas enfrascado en las leyes, hasta que encuentra lo que cree que hace falta y corre al teléfono para llamar a sus abogados y darles su punto de vista. Los íntimos aseguran que Inés Pertiné no aguanta más el encierro. Las risas inocentes de sus nietos, Sol y Simón, y la panza de su hija Agustina son sus únicos cables a tierra.
Alejada de los tés con amigas, de las compras por el Patio Bullrich, de las invitaciones a Miami que la tentaban tanto, las pocas palabras que intercambia con su esposo terminan siendo siempre motivo de discusión. Cuentan que mientras De la Rúa mira los diarios (pide que le lleven cada día Clarín, La Nación, Ambito Financiero y Página 12), ella camina a su alrededor alegando en voz alta: "Todos son unos traidores, empezando por la gente de tu propio partido". El ex presidente hace silencio: las quejas de su mujer sobre los radicales ya son una constante en el matrimonio. Mucho antes del derrumbe final del gobierno, Pertiné llamaba a los hombres del partido con un calificativo que habla por sí mismo: "la chusma".
Hoy Fernando e Inés no se miran. Casi ni se hablan. Duermen y desayunan separados. Sólo frente a la presencia de sus nietos hacen un pequeño esfuerzo por mostrarse como la pareja que alguna vez fueron. Para peor, reciben pocas visitas y ninguno de los dos se atreve a cruzar el portón de chapa de La Esperanza, la quinta que compraron hace treinta años, por temor a que la gente los agreda.

Cada cual atiende su juego. El techo de la quinta La Esperanza, en Villa Rosa, es lo único que hoy comparten. Mientras Fernando de la Rúa dedica los días a pensar en cómo zafar de la causa que lo compromete con los violentos atentados del último diciembre, Inés Pertiné añora como nunca el status que le dio el poder y se queja de que está aburrida.