El lunes, la zona arqueológica de Teotihuacán quedó marcada por una escena de violencia inesperada. Desde lo alto de la Pirámide de la Luna, un joven abrió fuego contra turistas y fuerzas de seguridad antes de suicidarse con su propia arma. Con el correr de las horas, las autoridades reconstruyeron quién era y cómo había llegado hasta ese punto.
Julio César Jasso Ramírez tenía 27 años y había viajado desde Guerrero hasta el Estado de México con un objetivo claro. Según confirmaron los investigadores, se había hospedado en un hotel de la zona un día antes y había visitado varias veces el sitio arqueológico para planear el ataque.
En su mochila llevaba cartuchos, anotaciones y libros escritos por él mismo sobre la masacre de Columbine, ocurrida en Estados Unidos el 20 de abril de 1999. La elección de la fecha no fue casual: coincidía con el aniversario de aquel tiroteo escolar que dejó 12 muertos y que, según los peritos, funcionó como inspiración directa.

Un “copycat” con señales previas
Las autoridades lo definieron como un “copycat”, un imitador que busca replicar ataques masivos tras estudiar casos anteriores. En distintos papeles encontrados en su mochila, Jasso había dejado mensajes inquietantes. “Tenía inspiración de más allá de esta tierra para cometer esas cosas”, escribió, según detalló el fiscal José Luis Cervantes Martínez.
El agresor también reflejó ese estado en su vestimenta: llevaba una remera con la frase “Disconnect & Self-Destruct” (Desconectarse y autodestruirse). Para la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, el caso evidenciaba que el joven “tenía rasgos de problemas psicológicos” y estaba influenciado por hechos violentos ocurridos en el exterior.
En esos mismos escritos, el atacante explicó cómo había conseguido el arma: un revólver calibre .38, fabricado antes de 1968, que compró por unos 40.000 pesos. También detalló la adquisición de 52 cartuchos, que utilizó para recargar durante el ataque.

El ataque en la Pirámide de la Luna
El episodio comenzó cuando Jasso subió los 45 metros de la Pirámide de la Luna y tomó como rehenes a varios turistas. Vestido con camisa de cuadros y pantalón negro, los amenazó mientras blandía el arma.
Minutos después, efectivos de la Guardia Nacional lo rodearon. Al verse acorralado, el joven abrió fuego: disparó al menos 14 veces, tanto contra los agentes como contra los visitantes. Los uniformados lograron herirlo en una pierna, pero antes de ser detenido, Jasso se quitó la vida.
El saldo fue devastador. Una turista canadiense de 32 años murió tras recibir un disparo que le atravesó la pierna y alcanzó el abdomen. Además, 13 personas resultaron heridas: siete por impactos de bala y seis por caídas en medio de la huida desesperada. Entre ellos había un adolescente y un niño de seis años, además de visitantes de distintos países.

Un final que deja preguntas
Entre sus pertenencias también se encontraron boletos de autobús que trazaban su recorrido desde Guerrero hasta Teotihuacán, confirmando la planificación del viaje. Para los investigadores, todo indicaba que actuó solo, sin apoyo externo.
“No tenía ningún tipo de apoyo”, aseguró el fiscal Cervantes, al remarcar que el propio atacante había escrito que obedecía a una entidad que él mismo había creado.
El caso dejó en evidencia no solo una falla de seguridad en uno de los sitios turísticos más emblemáticos de México, sino también la persistencia de fenómenos como los “copycat”, donde la violencia se replica y resignifica. Una historia que volvió a encender alarmas sobre la salud mental, el acceso a armas y el impacto de las masacres que, incluso décadas después, siguen generando ecos.
