La historia adrenalítica que hoy el campeón escribe en el asfalto, a trescientos kilómetros por hora, también fue posible gracias a la estrategia de su madre. Andrea Trofimczuk es de esas que empujan cuando el viento sopla en contra y el presupuesto parece un techo de cristal, que no le temen a las metas grandes. Antes de que el nombre de su hijo, Franco Colapinto, se transformara en una bandera de esperanza para el automovilismo nacional, la realidad era mucho más áspera.
En los inicios, cuando los sponsors eran apenas una ilusión lejana, Andrea se cargó el proyecto al hombro de una manera literal. Vendía ropa a través de grupos de Facebook para sostener una economía familiar dedicada por entero a la pasión de Franco. Como en los hogares de muchos, era simplemente supervivencia.

Andrea, el respaldo para que Franco lograra despegar
Mientras su hijo mostraba una obsesión temprana por los motores, ella entendía que ese talento, sin un respaldo que lo blindara, corría el riesgo de diluirse en la falta de oportunidades. “Había que generar ingresos de donde fuera”, recuerdan hoy desde su entorno más íntimo, rescatando esos años donde la logística era una construcción artesanal y cada centavo contaba para el próximo juego de neumáticos.
El automovilismo es, por definición, un deporte excluyente. Para una familia sin fortunas heredadas, apostar a una proyección internacional implica un salto al vacío. Andrea Trofimczuk no solo puso el cuerpo, sino que se convirtió en una gestora autodidacta. Sin venir del mundo de las carreras, tuvo que aprender códigos, reglamentos y dinámicas de un universo técnico para transformarse en la pieza estratégica del equipo.

La lealtad inquebrantable, hoy, en medio de la fama
Su rol fue mutando de madre protectora a gestora de carrera, administrando no solo los recursos, sino también siendo el sostén emocional necesario para que un adolescente de Pilar se fuera a vivir solo a Europa a los 14 años.
"Había mucha presión social de las mamás del colegio, para todos yo estaba loca", confesó Andrea al recordar cuando decidió que Franco dejara todo para mudarse solo siendo tan chico. Esa "locura" es hoy su mayor orgullo, una siembra que ella define sin vueltas como "el resultado del esfuerzo por una pasión que es su vida".
El salto al Viejo Continente fue el punto de quiebre definitivo. En ese contexto de desarraigo y apuestas totales, Andrea –hoy separada de Aníbal, padre de Franco– volvió a elegir el bajo perfil. Su figura aparece con discreción en las entrevistas, esquivando el protagonismo, pero su firma está en cada volantazo estratégsico.

De la "economía de guerra" y el recurso de la meditación, a su gran orgullo
Hoy, la relación entre ellos conserva esa complicidad forjada en la "economía de guerra" de los primeros años, aunque el escenario sea el paddock de Williams. Franco, fiel a su estilo espontáneo y genuino, aprovecha cada micrófono para recordarla. "Son las personas más importantes que tenemos", confesó emocionado tras un Gran Premio, reconociendo que el sostén de Andrea y su hermana Martina es el único combustible que no se agota.

Para ella, verlo en la grilla de partida sigue siendo un ejercicio de contención de nervios. Andrea reveló recientemente que uno de los grandes secretos de Franco para manejar la presión de la élite no es solo técnico, sino mental: la meditación, una práctica que ella misma incentivó para que su hijo pudiera encontrar un eje de calma en medio del caos de la velocidad.

A pesar del brillo de la Fórmula 1, Andrea mantiene una vida marcada por la cultura del trabajo en Buenos Aires, lejos del glam y los flashes. Actualmente, se desempeña con éxito como bróker inmobiliaria en una prestigiosa agencia de Zona Norte, un terreno donde –al igual que en los grupos de Facebook de antaño– su capacidad de gestión es su mejor carta de presentación.
El vínculo madre e hijo se traduce hoy en gestos que recorren el mundo, como el abrazo interminable que se dieron en el circuito de Bakú tras una clasificación histórica. Franco no olvida el origen; por eso, cada vez que puede, intenta devolverle algo de lo que ella sacrificó.

"Ojalá pueda hacerte un regalito lindo", le dedicó públicamente para un Día de la Madre desde el circuito de Austin, dejando en claro que, aunque hoy corra contra los mejores del mundo, sigue siendo el chico de Pilar que sabe que llegó allí porque hubo una mujer que, cuando no había nada, inventó un camino donde solo había incertidumbre.
“Si no lo intentábamos, nos íbamos a quedar con la duda para siempre”, es la premisa que guió sus pasos.


