Existen lugares en Buenos Aires que no se visitan: se atraviesan como un portal. La Confitería Ideal, en Suipacha 384, es uno de ellos. Fundada en 1912 –el mismo año que se hundió el Titanic–, cerró sus puertas en 2017 y permaneció así durante cinco años, hasta que una restauración exhaustiva devolvió el salón a su esplendor original.
Hoy, entrar es literalmente volver más de un siglo atrás: mozos y empleadas de la tienda visten uniformes de época, hay un piano que suena por las tardes y vitrinas con recuerdos de visitantes ilustres que van de Carlos Gardel y Vittorio Gassman, a Mick Jagger y Carlos Bilardo. Además, fue set del film Evita, dirigida por Alan Parker y protagonizada por Madonna.

Una casa con historia propia
El edificio no fue pensado para ser un decorado nostálgico: lo es de verdad. Cuentan que el propio Hipólito Yrigoyen mandaba a buscar sus palmeritas desde la Casa Rosada cuando era presidente, un dato que la confitería sostiene como parte de su leyenda hasta el día de hoy. Y para sumarle historial, vale aclarar que la propia confitería fue testigo de la construcción del emblemático Obelisco en 1936.

Por eso, la reapertura no fue solo un relanzamiento gastronómico: fue la recuperación de un punto de referencia porteño que había quedado en pausa. La restauración se dio entre 2017 y 2022, cuando recuperó la opulencia y el estilo original con la que fue pensada en la primera década del siglo pasado.

Una arquitectura que es puro símbolo de la Belle Époque
Entrar a la Confitería Ideal es entrar a un capítulo de la Buenos Aires de principios de siglo XX que sigue intacto. El edificio, diseñado por el ingeniero C. F. González, fue levantado con materiales y elementos traídos especialmente de Europa: arañas francesas originales, sillones checoslovacos, vitrales italianos, boiserie tallada artesanalmente, mármoles en las escaleras, cristal biselado en las vitrinas y bronces y hierro negro en cada detalle.

El corazón de esa arquitectura es la cúpula, compuesta por 60 paneles de vitrales y una moldura elaborada en cartapesta, que fue restaurada íntegramente por la vitralista Paula Farina Ruiz junto a su equipo, quienes reabrieron el hueco central que permite que la luz natural llegue hasta el salón.

En toda la decoración se repiten dos motivos: el óvalo –en puertas, espejos y molduras de techo– y la flor de lis, símbolo de los Borbones que da la bienvenida en el frente del edificio y reaparece en apliques, ornamentos y bronces del salón. El salón principal, de unos 2.000 metros cuadrados y con capacidad histórica para 400 personas, conserva hoy alrededor de 80 mesas, entre ellas piezas de mobiliario original como las sillas Thonet.

La firma de Gustavo Nari, detrás de cada bandeja
Al frente de la cocina y la pastelería está Gustavo Nari, chef pastelero y chef ejecutivo de la casa, responsable de toda la boulangerie y patisserie que se exhibe en las vitrinas del salón. Su sello está en los sándwiches de miga, elaborados con pan propio –el llamado "pan de los ingleses"– en variantes que van del clásico jamón y queso al de atún, pasando por combinaciones más audaces como el de ananá confitado, uno de los favoritos del público.

También lleva su firma la boulangerie de todos los días: medialunas de manteca, palmeritas, croissants y una variedad de petit gateaux, macarons, alfajores y biscotti que rotan según la temporada.

Qué pedir y cuánto sale la merienda
El ritual de la tarde tiene su propio menú, pensado para quedarse: café con leche, té en hebras o chocolate acompañados de medialunas, tostadas o sándwiches de miga. No hay consumición mínima, así que se puede pasar horas con solo un café espresso y algo dulce de la vitrina.

La casa también ofrece opciones más completas, como el desayuno o merienda "Ideal" –con jugo de naranja, plato de frutas, tostadas, dips de mermelada y queso crema, más la infusión elegida– y la variante "Criollo", con pan de campo, mermelada y boulangerie de la casa, que además de bollería, despliega bombones especiales de Charlie y la fábrica de Chocolate y chocolate en rama, entre otras tentaciones.

El chocolate caliente más viral, servido con una copa enorme de crema y un bowl de frutillas, por ejemplo, se sirve por menos de 50 mil pesos.
Un clásico de Buenos Aires
La confitería abre todos los días desde las 7 de la mañana y no cierra hasta la madrugada (1AM), lo que la convierte en una rareza dentro del mapa gastronómico porteño: sirve desayuno, almuerzo, merienda y cena bajo el mismo techo restaurado. Los fines de semana –abierto hasta las 2AM–, la demanda genera filas que llegan a extenderse por media cuadra sobre Suipacha, así que se recomienda reservar con tiempo.
¿Cuánto de esa fila responde a la nostalgia y cuánto a la genuina calidad de lo que sale de los hornos de Nari? Probablemente, en la Ideal, las dos cosas conviven en la misma bandeja.


