La tarde de este sábado, el ritmo habitual de la costa del Pacífico mexicano se vio abruptamente interrumpido. El huracán Simón, que ha alcanzado la temida categoría 4, obligó a las autoridades de Jalisco, Colima, Michoacán y Nayarit a tomar medidas drásticas: desde las 4:00 de la tarde, todas las actividades no esenciales quedaron suspendidas y se pidió a los habitantes de zonas de alto riesgo evacuar de inmediato.
En ciudades portuarias como Manzanillo, la incertidumbre y la tensión se palpaban en el aire. Aunque algunos habitantes aún desconocían los detalles exactos de las restricciones, la consigna era clara: resguardarse y proteger a la familia. “Nosotros hacemos lo que dice protección civil, pero no nos han dicho”, comentó la empleada de un pequeño local de hamburguesas, mientras dos familias y un comensal apuraban su almuerzo antes de que la lluvia regresara.
La cuenta regresiva en Manzanillo
La escena en el puerto de Manzanillo era una mezcla de rutina y preparación. Algunos restaurantes del bulevar costero seguían abiertos, pero comenzaban a cerrar sus puertas poco a poco. Las viviendas, en su mayoría, lucían tapiadas en puertas y ventanas, aunque no todos los vecinos habían tomado medidas adicionales. En las calles, el bullicio habitual se había apagado: pocos turistas, comercios a medio gas y playas completamente vacías, señalizadas con banderas negras que advertían el cierre total.
El proveedor de un restaurante, mientras terminaba sus entregas, compartía su plan inmediato: “Nada más vine a hacer pedidos así y ya me regreso a mi ‘cantón’. (Mi familia) ya están ahí en la casa, descansando, aprovechando el descanso”. La vida, por unas horas, parecía entrar en pausa obligada ante la llegada del fenómeno natural.
Evacuaciones y prevención: la prioridad
La orden de suspensión de actividades y evacuación no se limitó a Manzanillo. En Colima, municipios como Tecomán, Armería, Comala y Minatitlán también restringieron la movilidad. La prioridad de las autoridades es evitar tragedias y proteger a quienes habitan en zonas vulnerables a inundaciones, deslaves o vientos extremos. La instrucción fue contundente: quienes vivan en áreas de alto riesgo deben evacuar y buscar refugio seguro.
Mientras tanto, la información fluía de manera desigual. Algunos habitantes reconocían no tener suficiente claridad sobre las restricciones, pero la experiencia y el instinto los llevaban a prepararse. En las calles, el cierre de negocios y la ausencia de turistas eran señales inequívocas de que la amenaza era real y que la comunidad estaba dispuesta a colaborar.
Un sábado diferente: la espera y la esperanza
La llegada de Simón ha transformado la rutina de miles de familias en la región. Lo que podría haber sido un sábado de playa, trabajo o paseo, se convirtió en una jornada de espera y resguardo. Las imágenes de puertas aseguradas y playas desiertas reflejan la gravedad de la situación, pero también la capacidad de adaptación y solidaridad de las comunidades costeras.
El huracán Simón pone a prueba, una vez más, la resiliencia de quienes viven frente al mar. La esperanza es que, con prevención y responsabilidad, la región logre superar el embate de la naturaleza y retome su vida cotidiana lo antes posible.



















































