Nueva York está dividida. Canal St funciona como una suerte de frontera interna. Marca el límite de una ciudad que hoy vive partida en dos, sin eufemismos. Hacia el norte, la vida continúa. Normal, aunque con la paranoia y los temores comunes a todos los norteamericanos que viven pensando en un nuevo atentado.
El sur, en cambio, recrea imágenes de postguerra. El panorama es desolador: hay barricadas policiales en cada esquina. Las calles siguen vacías y sólo circulan allí vehículos con patente oficial del gobierno, ambulancias y bomberos. A cada minuto, turistas y curiosos llegan hasta las barricadas del ejército (a dos cuadras del
World Trade Center) para tomar fotos o filmar. Es imposible ir mas allá. La ciudad está militarizada y nadie escapa a los controles. Un colega francés fue interrogado cuando lo vieron apuntando datos en su libreta. El
Battery Park, lugar desde donde zarpaban los ferries hacia la Estatua de la Libertad está cerrado, y en uno de sus límites se levantan dos enormes carpas de la Cruz Roja con alimentos y agua para los voluntarios que aún hoy trabajan en la remoción de escombros. Los accesos a Manhattan están cerrados y todo automóvil que ingresa a la Gran Manzana es sometido a un riguroso control por parte de la policía.
En el cruce de Broadway y la calle Vessel hay un MacDonalds que aún no ha vuelto a abrir sus puertas. Su fachada está cubierta de polvo. Algunos metros más allá, sobre la calle Park Row, el meganegocio de computadoras J&R conserva algunos escombros sobre su entrada. La Bolsa de Valores (New York Stock Exchange) sigue funcionando. Pero no son pocos los ejecutivos que hoy van a trabajar con su rostro protegido por máscaras de oxígeno. Si bien el olor a quemado ya casi ni se siente y los especialistas concluyeron que el aire aquí es respirable, el peligro de un ataque bacteriológico sigue vivo en las mentes de los neoyorquinos. De hecho, ya ningún negocio del ramo de la Big Apple tiene máscaras en stock. Hoy, la lista de pedidos supera las mil unidades. Y sus precios han cambiado considerablemente: antes del atentado pedían 30 dólares por máscara con filtro incluido, mientras que hoy el valor de los mismos productos supera los 70 dólares. También en los Estados Unidos, los especuladores lucran con las trage
dias.
Los deportes acuáticos en los ríos ubicados al norte de Manhattan (pesca, ski, navegación, etc.) fueron suspendidos para preservar el agua lo mejor posible y aumentar también el control de ingreso a la isla. Con objeto de prevenir un sabotaje nuclear, la Guardia Costera ubicó un barco en el río Hudson, muy cerca de la planta potabilizadora de Indian Point.
El impacto sufrido por la economía local parece devastador. El gobierno preveé que el índice de desocupación trepará hasta el 7 por ciento en los próximos meses. Algunas empresas ya tomaron medidas: la gigante Nortel hechó a 30 mil empleados, mientras que los despidos en las aerolíneas dejarán en la calle a más de 100 mil empleados en todo el país.

El lugar donde estaban emplazadas las Twin Towers hoy recibe el nombre de Zona Cero. Desde el aire, la imagen es desoladora: apenas dos huecos en la geografía de Manhattan. Una mole que se hundió en la mañana del 11 de septiembre.

Los elencos de Broadway -vestidos con la ropa de sus espectáculos- cantaron New York, New York en Times Square para atraer nuevamente al público. Estuvieron Brooke Shields, Glenn Close y Mattew Broderick, entre otros.