En el marco de su último adiós a Luis Brandoni, quien falleció a los 86 años el 20 de abril, la periodista y sobreviviente de la dictadura Miriam Lewin compartió en sus redes un recuerdo personal y brutal: una escena mínima –una cena en un restaurante– que pudo haber terminado en secuestro.
Y no ocurrió por algo que ni siquiera hoy puede explicarse del todo. “Quizás no era su hora”, escribió, dejando flotando una frase que funciona como llave para entender lo que vino después: medio siglo más de vida pública, de trabajo y de presencia en la cultura argentina.
Brandoni, "blanco" del Tigre Acosta: "Tenía una obsesión enfermiza"
Lewin reconstruyó el clima de esos años. Según su relato, en la ESMA, el represor Jorge “Tigre” Acosta, jefe del grupo de tareas, tenía una fijación con Brandoni. “Tenía una obsesión enfermiza con Luis Brandoni. Le molestaban su voz pública como secretario general de la Asociación Argentina de Actores, su valentía y claridad. No perdía la oportunidad de hacer comentarios llenos de odio cuando lo veía en pantalla", describió Lewin.
Para la lógica de la dictadura, la visibilidad del actor no era un detalle menor sino un problema político: no era solamente un artista popular, era alguien que hablaba en público cuando hablar tenía consecuencias. “La visibilidad que lograba Brandoni ponía en peligro la imagen impoluta de la dictadura que los milicos querían imponer”, escribió Lewin, señalando con precisión el motivo por el que su nombre circulaba en la mira de los grupos de tareas.

En ese contexto, cualquier cruce casual podía convertirse en una operación. Y una cena cualquiera, en una emboscada.
La noche en que pudieron secuestrar a Luis Brandoni en un restaurante porteño
La escena ocurrió en 1978. Según el testimonio que compartió en sus redes la periodista y sobreviviente de la ESMA, Miriam Lewin, aquella salida al restaurante El Globo, cerca de Avenida de Mayo, formaba parte de uno de los rituales más perversos del sistema represivo: los represores sacaban a cenar a un pequeño grupo de secuestradas para simular normalidad mientras reforzaban el control psicológico sobre ellas.
“Yo estaba entre ellas, angustiada por ese contacto fugaz con el mundo exterior, que los represores usaban para martirizarnos con el relato de operativos donde habían secuestrado o asesinado a nuestros compañeros de militancia”, recordó.

En medio de esa escena atravesada por el terror, ocurrió algo inesperado. En un rincón del salón estaba sentado, comiendo desprevenido con un acompañante, Luis Brandoni. No sabía que lo observaban. No sabía que estaba en peligro. No sabía que, a pocos metros, un grupo de tareas evaluaba secuestrarlo en ese mismo instante. Lewin contó que fue entonces cuando Jorge “Tigre” Acosta empezó a planificar el operativo ahí mismo: “Lo tenía servido, al alcance de su mano asesina, y no quería desperdiciar la oportunidad”.
Las mujeres secuestradas entendieron antes que él lo que estaba pasando. Intentaron advertirlo con la mirada, desesperadas, buscando que percibiera en sus caras la inminencia del peligro. “Las comensales forzadas empezamos a desesperarnos y buscamos los ojos de Brandoni esperando que reconociera en nuestras caras la inminencia del peligro”, escribió Lewin. Pero el actor seguía conversando, ajeno a todo: “Brandoni estaba concentrado en su charla, y no nos miraba, totalmente ignorante de la amenaza”. Sin saberlo, estaba a centímetros del horror.

En ese momento, Lewin tampoco conocía un dato clave: Brandoni ya había sido detenido ilegalmente dos años antes junto con su esposa, la actriz Marta Bianchi. El operativo había estado a cargo de la banda de Aníbal Gordon en el centro clandestino Automotores Orletti. Sin embargo, haber sobrevivido a esa detención no lo protegía de un nuevo secuestro. "La liberación no le garantizaba la vida en la Argentina del estado terrorista donde campeaban las rivalidades entre fuerzas”, explicó Lewin. Era un país donde salvarse una vez no significaba salvarse dos.
Algo falló en el engranaje del terror. Y Brandoni no fue secuestrado. “Por alguna razón, a último momento los marinos desistieron de llevárselo”, escribió la periodista. Con el paso del tiempo, ensayó hipótesis posibles: quizá apareció un comensal inesperado, quizá no pudieron coordinar el traslado al centro clandestino o no lograron asegurar la zona liberada para operar. Pero la explicación que termina imponiéndose en su relato es otra, más simple y más humana: “Quizás no era su hora”.

Brandoni salió del restaurante sin saber nada de lo ocurrido. No supo que había sido observado como objetivo. No supo que estuvo a segundos de desaparecer. Y vivió casi medio siglo más. “Esa noche, Brandoni se salvó. Y nos regaló casi medio siglo más de talento indiscutible”, escribió Lewin, en una frase que suena a balance histórico y también a despedida.
El recuerdo termina en un plano íntimo, inesperado, casi cinematográfico. Lewin evocó la última imagen que conserva de él: “El viejito comunista fabulador de Parque Lezama es lo último que vi de él”. Pero antes de esa escena final hubo otra, mucho más antigua, casi adolescente. “A mis trece, lo vi subir las escaleras para entrar al Teatro SHA de la mano de su mujer Marta Bianchi, los dos jóvenes, esbeltos, bellísimos, y desfallecí de amor”.

Entre esas dos imágenes –el joven actor entrando al teatro y el sobreviviente caminando por Parque Lezama– queda suspendida una vida que pudo haberse interrumpido en una mesa cualquiera de Buenos Aires. Esa noche afortunadamente no ocurrió. Y por eso existe toda la historia que vino después.
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