Los separaron 37,1 años, ó 13.540 días ó 1.934,29 semanas ó 366,96 meses. Como gustemos enumerar. Fue la distancia entre el nacimiento de Ricardo Mario Darin (14 de enero de 1989) y Dante Darin Corberó (9 de febrero de 2026). O entre Dante Darin Corberó y Ricardo Mario Darin. También como gustemos ubicarlas. Al fin, no es lo más importante, ya que, tal sostenía Blaise Pascal, "el corazón tiene razones que la razón no comprende" ("ni los números", agregaríamos nosotros).
Y es precisamente el corazón quien -de la mano del archivo de Revista GENTE, y mientras se cumplen dos meses y medio de la llegada del primer hijo de Ricardo Mario Darin (37) y Úrsula Corberó Delgado (36)- nos permite la licencia de retroceder una generación para recordar un momento similar en emoción, aunque con un nuevo protagonista en acción: el padre del nuevo padre y abuelo del nuevo nieto, es decir, nada menos que el gran Ricardo Alberto Darin (69). Exacto: nos referimos a aquella entrañable nota que cubrió el nacimiento del Chino.
El título de tapa fue "Darin papá", y la bajada, "Nació Ricardito Mario. Ricardo Darin y Florencia Bas junto a su hijo en San Nicolás". Presentación que se repetía adentro de la edición, acompañado por el siguiente copete: "Una charla íntima con Ricardo en Carlos Paz después del nacimiento de Ricardito Mario. De su hijo, que llegó a sólo nueve semanas de la muerte de su padre. Del momento que vive con Florencia. De lo que pensó cuando le dieron la noticia. Del ansioso viaje en avioneta para llegar a tiempo, de lo que sintió en el momento del parto".
¿La nota? Aquí la compartimos de manera textual...


"Era cierto… Era cierto, nomás… -arrancaba aquella entrevista del maravilloso Luis Pazos, acompañada por fotos del no menos talentoso Fabián Mauri.
-Y sí, la panza de Florencia decía todo el tiempo que era cierto. Ahí estaba Ricardo Mario -aceptaba Ricardo -flamante- padre.
-Lo que pasa es que los papás no le creen ni a la ecografía .
-De pronto, no sé cómo, todos lloraban y se abrazaban y yo tenía al bebé en brazos. Sentí que me moría de miedo. ¡A ver si se rompía! Pero no. Se calmó y dejó de llorar. Eran las siete menos cuarto y pesaba 3 kilos.
-Tranquilo, Ricky, ya pasó.
-¿Te parece?
-No, no me parece, pero no tengo mas remedio que decírtelo. ¿A que hora te enteraste?
-El sábado a las ocho de la mañana sonó el teléfono. Era el papá de Florencia que me decía que no me alarmara, que no pasaba nada, pero que el trabajo de parto había comenzado a las seis de la mañana. Corté, salí al patio y empecé a caminar como un loco alrededor de la pileta. Miro, y lo vi a Eduardo Celasco, novio de Mercedes, que está viviendo conmigo. Nos miramos y nos dijimos. '¿Pero entonces era cierto lo de dar vueltas como un loco?'


-Es una de las tantas cosas que se descubren...
-De ahí en más, qué sé yo. A mí no me salía nada. Así que Eduardo se encargó de todo. A las diez estábamos en la avioneta que habíamos contratado. Al mediodía llegamos a San Nicolás. Florencia estaba sufriendo. No tenía dilatación. Le di un beso y se relajó tanto que se durmió.
-Había llegado el papá...
-Y... sí. Había llegado el papá.
-¿Entraste a la sala de parto?
-Yo fui el que empujó la camilla para entrar junto a ella. Éramos una banda ahí adentro. El papá de Flo, que es su ginecólogo. Su mejor amigo, que es como un tío para ella y médico partero; el anestesista, el hermano que acaba de recibirse de médico... Lo extraordinario es que, excepto el hermano y yo, todos los que estaban en la sala habían participado en su nacimiento. Hace veinte años la habían traído a ella al mundo y ahora traían a su hijo.
-No quiero pensar lo que pasó cuando el bebé dio el primer grito...
-Todos lloramos y nos abrazamos. Yo era el más idiota de todos. No podía dejar de llorar y llorar. Lo increíble es que Flo, que al principio lloraba, de golpe se estaba riendo. Nunca, pero nunca desde que nos conocimos, la vi tan feliz. Y en ese momento supe que estaba en una fiesta. Porque eso es el nacimiento de un chico.
-Ni lo dudes... ¿Y de ahi en más?
-Acompañé al pediatra desde que lo bañó hasta que lo vistió Lo agarré entre los brazos, aunque me moría de miedo y de pronto…
-No me digas que te dijo papá porque para eso faltan seis meses largos.
-Sucedió alga.. no sé... abrió los ojos y vi que eran los de mi viejo. En ese momento supe que no era cierto que no había llegado a conocer a su nieto. ¿Cómo no lo iba a conocer si era él? Bueno, no, no quise decir eso.
-No sabemos nada de la vida y de la muerte, Ricardo. Excepto que las dos duelen. Por distintos motivos, claro. Pero las dos duelen.
-¿Vos conociste a mi viejo?
-No.
-Era un crack. No digo que después de él se rompió el molde pero… Era un tipo que cuando se le ponía una idea, chau. Nada lo pudo doblar en la vida, ni siquiera el año y medio que vivió sabiendo que iba a morir. Yo sé que por dentro estaba destrozado. Siempre se valió por sí mismo en todo y al final era casi inválido. Pero tuvo un momento, al final, que lo disfrutamos. Y mucho.


-¿A pesar de que la muerte ya había decidido todo por ustedes?
-Sí, a pesar de eso. Era cuando lo afeitaba. A pesar de que yo tenía miedo de cortarlo y que él, como era muy duro, decía que no quería, su cara de placer no la voy a olvidar jamás. Y hoy, bueno, hoy que no está… ¿no está nunca más no?
-Nunca más en ninguna parte.
-Bueno… hoy hablo con él más de lo que hablé en los últimos años. El día que murió le escribí una carta que mis dos hermanas leyeron y aprobaron y se la puse en el cajón. Para el camino, por las dudas.
-Si es cierto que el amor vence a la muerte, creo que esté donde esté la va a leer. Si no es cierto, si es nada más que la creencia desesperada de los que sobrevivimos, no importa. El amor ganó en tu corazón, que es, en definitiva el lugar donde él va a sobrevivir.
-Pero pará, pará. Estábamos hablando de mi hilo.
-Claro, de tu hijo, del nieto de Ricardo Darin. ¿Cómo no íbamos a hablar del abuelo? A propósito, ¿le dijiste a los demás en la sala de parto que era igual a tu padre?
-¿Cómo no lo iba a decir?
-¿Qué te contestaron?
-Que era cierto. Aunque mi hermana Aleandra llama todos los días para decirme que cada hora que pasa se parece más a mí. Estuve pensando que yo ahora soy el padre de todos. Porque si mis hermanitas necesitan al viejo ¿a quién van a llamar? A mí, claro. El día que mi hijo me necesite, ¿a quién va a llamar?
-A vos, claro.
-(Agarrándose la cabeza). ¡Huy! Pobre familia -se ríe por primera vez en la charla.


-Al contrario. Uno nunca sabe lo que es capaz de hacer hasta el momento de probarlo. Estoy seguro de que el hijo de Ricardo Darin va a pasar la prueba. ¿Alguna vez hablaste con tu padre del nieto que llegaba?
-Lo intenté. Pero él nunca aceptó la conversación. Porque lo conozco y sé que era el tema que más le importaba. Pero sabía que nunca lo iba a tener en sus brazos. Así que nunca quiso aceptar la ilusión de que sí lo iba a tener. El decía que uno no decide nada en la vida. Que todo está escrito de antemano. Y lo único que hace el hombre es sacar el polvo que cubre lo que ya está escrito.
-¿Supo al menos que se iba a llamar Ricardo como él?
-El día que le dije que se iba a llamar Ricardo Mario como sus dos abuelos, me miró fijo y me dijo: 'Siempre me gustó Mario'. ¡No era increíble el viejo! Tan increíble que después de aguantar nadie sabe como, tres meses, se murió justo a tempo para que yo hiciera mi duelo y pudiera distrutar del nacimiento de mi hijo.
-¿Qué dice Florencia de ese otro hombrecito increíble que es Ricardo Mario?
-¿Puede ser que a las veinticuatro horas ya era una madre experta? Lo agarraba como si lo hubiera tenido toda la vida en brazos. Qué envidiable es ser mujer.
-Digamos que dar vida es un milagro y los milagros son incomprensibles para los simples mortales. Es decir, nosotros los hombres.
-Pensar que el sueño de toda mi vida fue tener un hijo a los veinte años. Florencia, que tiene veinte años, lo hizo por mí. ¡Qué bárbaro es tener veinte años! Cuando la llevaron a su habitación, al rato se levantó para ir al baño. Salió y se puso a dar vueltas a la manija que sube la cama. La mire y le dije: 'Flo, qué querés demostrar'. Me miro sorprendida por mi pregunta y me dijo: 'Nada, es que me siento bien'. Ahí recordé que la madre de mi hijo tiene nada más que veinte años.
-¿Cuándo llega con el bebé a Carlos Paz?
-Dentro de cuatro días. Falta una eternidad.
-¿En qué te cambió el bebé?
-Me dio unas ganas de hacer cosas, que no se aguantan. A la noche, en vez de dormir, estoy planeando mi próximo trabajo. Me habían ofrecido hacer una nueva comedia musical que prácticamente había aceptado. Y ahora pienso que no, tengo ganas de hacer otra cosa. Tengo ganas de hacer más. Tengo ganas de hacer de todo.


-¿Y de tu relación con Florencia también cambio algo?
-(Riéndose). Al empezar, cambiaron nuestras conversaciones. Apenas me despierto a la mañana la llamo, le digo como siempre que la quiero, y de pronto nos encontramos hablando de la pelusa que tiene detrás de la oreja. ¡Ésa sí que no me la imaginabal
-Supongo, además, que ya habrán hecho algunos planes…
-No, no. Me conozco y sé que no tengo término medio. Así que con el bebé decidí quedarme tranquilo. Nada de comprarle hoy a la tarde la camiseta de River. Mi único plan es que elija su propia vida.
-¿Va a tener hermanos?
-A Florencia la veo muy, pero muy madraza. Por lo menos va a tener un hermano. Es muy pesado eso de ser hijo único. Este…, ¿cuándo es que dicen papá?
-Por lo general después de los meses. A los ocho, casi seguro.
-¿Y no dice primero mamá?
-No, porque papá tiene que ver con papa. La primera necesidad.
-Pa-Pá. Fuerte, ¿no?
-Terrible. El 5 de enero murió tu padre, al 14 nació tu hijo, el 6 cumpliste 32 años. ¿Qué pensaste en el momento de festejarlos?
-Dos días antes de que el viejo muriera lo llamé por teléfono al hospital. Le pregunté cómo estaba y me dijo, como quien te da la hora: 'Perfectamente'. Si mi hijo es capaz de ser ese tipo de hombre, voy a dormir tranquilo para el resto de mi vida. ¡Ah!, el bebé me hizo descubrir otra cosa también.
-¿Cuál?
-Ya no necesito preguntarme. ¿Para qué?" -culminaba entonces aquella perla periodística de GENTE.

Uno de los momentos de intimidad registrados por nuestra revista hace treinta y siete años y tres meses.

Fotos y filmaciones: Archivo Atlántida ([email protected])
Escaneo y arte: Gustavo Ramírez
Jefa de Archivo: María Luján Novella (113903-8464)
Mirá También


