El universo de Pedro Almodóvar acaba de cruzar una línea de fuego puramente dramática. El director de cine rompió décadas de silencio y arremetió con inusitada dureza contra Joaquín Sabina por la mítica canción Yo quiero ser una chica Almodóvar (1992). El cineasta calificó la letra de "insultante" y disparó con munición gruesa, asegurando que el cantautor "estaba llamándole maricón a Miguel Bosé y tonta a Carmen Maura" en los versos del tema.
“Yo quiero ser una chica Almodovar / Como la Maura, como Victoria Abril / Un poco lista, un poquitín boba / Ir con Madonna en una limousine”, arrancaba la icónica canción. El director contó, además, que sospecha que Sabina siempre fue consciente de su descontento.

Cuando para cualquiera ser una "Chica Almodóvar" tenía narrativa positiva y se relacionaba a actores y actrices que simplemente querían trabajar con él, a 34 años del hit de Sabina, el director manchego arremetió de modo inesperado con un clásico de la cultura española.

Del origen del término a la polémica, según la lectura de Sbaraglia
El término, recordemos, nació en 1980, con el primer largometraje del director, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, rodado en plena movida madrileña y protagonizado por Alaska, Eva Sira y Carmen Maura. Maura fue la primera en encarnar ese arquetipo: mujeres que participan activamente en sus propias historias, lejos de los roles pasivos que el cine español venía construyendo hasta entonces.
Lo que distinguió a esa primera generación no fue la belleza convencional sino algo más difícil de definir: una apariencia única, una voz auténtica, una manera de moverse por el mundo que Almodóvar describió como "impulsiva, pasional e irreverente". La estética que las rodeaba mezclaba lo kitsch, lo punk y lo pop, y sus personajes abarcaban desde divas decadentes hasta madres luchadoras y amigas incondicionales, sin que ninguno encajara del todo en una sola categoría.

Y en pleno sismo que hizo hablar a los medios europeos, Leonardo Sbaraglia, protagonista del planeta almodovariano actual –al frente de Amarga Navidad– que interpreta al descarnado alterego del realizador en su etapa más autocrítica, habló con GENTE en una extensa entrevista de portada donde también compartió su llamativa lectura sobre el episodio.
Lejos de esquivar los entresijos de la realidad, se sumergió en el debate con la madurez de quien conoce perfectamente los bordes difusos entre la genialidad y el temperamento de un artista absoluto.

"Me causó gracia": Sbaraglia frente al estallido entre Almodóvar y Sabina
–Hace poco Pedro Almodóvar dijo en una entrevista que no le gustaba nada que se refirieran a sus actrices como "chicas Almodóvar". ¿Te sorprendió?
–Sí, lo escuché. Me enteré de que andaba puteando a Sabina (risas). La verdad es que me llamó mucho la atención de entrada porque uno cree que esas cosas ya forman parte de una mitología indiscutible. En mi caso, lo de Sabina siempre lo tomé como una cosa muy elogiosa para el cine de Almodóvar, una síntesis interesante de algo que, de alguna manera, pensábamos todos. Me pareció raro, pero igual me causó gracia. También demuestra que Pedro no se guarda nada, está revisando todo.
–La polémica estalla justo cuando estrenan una película que habla, precisamente, sobre los límites éticos de lo que un artista escribe y dice sobre los demás…
–En Amarga Navidad él se pone frente al espejo y nos pone a todos. La trama gira en torno a esa necesidad de hablar de sus propios límites, de cuáles son las fronteras entre la ficción y la realidad. Plantea preguntas crudísimas: ¿Hasta dónde la ficción puede comerse a la vida? ¿Hasta dónde puede devorar tus afectos? ¿Qué vale más, una obra de arte que ilumine a millones o resguardar la intimidad de la persona que más amás y te acompañó toda la vida como asistente? Pedro está haciendo mucha autocrítica y reflexionando sobre cosas muy profundas de su historia. Así como los argentinos tenemos mucha terapia, yo creo que Pedro hace mucha.

La experiencia de trabajar por segunda vez con Almodóvar
Entre Dolor y gloria y Amarga Navidad median años y mundos. "En Dolor y gloria me tocó estar junto al alter ego de Pedro, que era Antonio Banderas, y ahora me tocó hacer a mí de su alter ego", sintetizó.

El desplazamiento cambió todo el registro. Si el personaje de la primera película pedía naturalidad y ternura –algo que el actor tenía más a mano–, el de Amarga Navidad exigía otra cosa. "Había que encontrar un personaje lleno de oscuridad, de entresijos", explicó.
Almodóvar fue claro desde el principio: "No quería un retrato amable". Hay en la película, según Sbaraglia, algo de autocrítica, una necesidad del director de reflexionar sobre ciertas cosas de su vida. Más puntualmente, en su posible carácter "vampírico" al tomar la vida de su círculo y allegados para hacer películas.

Lo que el film propone es una pregunta incómoda y sin respuesta fácil. "¿Qué vale más: una obra de arte que ilumine a millones de personas, o que esa misma obra destruya la vida de quien más querés?", planteó. En su lectura, Almodóvar se pone frente al espejo y, claro, pone al espectador también.
En cuanto a la metodología de Pedro, Sbaraglia describió al director como "muy, muy, muy exigente", aunque aclaró que esa exigencia se concentra en el trabajo previo. Una vez en el set, dos o tres tomas suelen alcanzar. La escena del parque con Aitana fue ensayada durante casi un mes y medio como si fuera una pieza teatral. "Llegamos al rodaje con todo construido", dijo. El trabajo fue, entonces, encontrar la verdad en ese presente.
Fotos: Chris Beliera
Video: Candela Casares
Edición de video: Martina Cretella
Agradecemos a: Raquel Flotta y Carolina D'Andrea
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