En el Hollywood de los años 30, los autos también actuaban. No aparecían solo para trasladar estrellas de un estudio a una fiesta privada en Beverly Hills, sino para completar una imagen pública hecha de elegancia, poder y deseo. En ese mundo de trajes impecables, flashes, contratos millonarios y romances que parecían escritos por los propios guionistas de los estudios, Clark Gable tenía un lugar central.

Era “el rey de Hollywood” y su Duesenberg Model JN Convertible Coupe de 1935 estaba a la altura del personaje: un auto hecho a medida, cargado de glamour y asociado a una historia de amor que todavía sigue conmoviendo. Ahora, casi nueve décadas después, esa pieza única volvió a escena con una cifra impactante: se vendió por 9.080.000 dólares en una subasta de RM Sotheby’s en Monterey.
La cifra confirma que este Duesenberg no era simplemente un clásico valioso. Era una cápsula de época. Antes del remate, las estimaciones ya lo ubicaban entre los autos más importantes de la semana de subastas en California, pero el resultado final terminó superando las expectativas y reforzó una idea que en el mundo de los coleccionistas pesa cada vez más: un auto puede valer por su mecánica, por su diseño y por su rareza, pero también por la historia que lleva encima. Y este llevaba una historia enorme.
El modelo había sido construido originalmente como uno de los pocos Duesenberg Model JN Convertible Coupe con carrocería de Rollston. Pero Gable, que no era un comprador indiferente, quiso algo más personal. El actor envió el auto a Bohman & Schwartz, uno de los carroceros más reconocidos de Pasadena y muy vinculado con las grandes figuras de Hollywood, para modificarlo según su propio gusto.

La intervención no fue menor. Gable trabajó junto al diseñador W. Everett Miller para darle al auto una silueta más baja, más larga y más elegante. El parabrisas fue inclinado, el capó ganó una presencia visual más estilizada, los guardabarros fueron carenados y el conjunto adquirió una personalidad mucho más sofisticada. No era un auto de fábrica con dueño famoso: era un Duesenberg reinterpretado para Clark Gable.
Ese detalle cambia todo. En el universo de los autos clásicos, la procedencia importa. Pero cuando el primer propietario no solo fue una estrella mundial, sino que además participó en el diseño del vehículo, el valor se multiplica. El auto deja de ser un objeto comprado por un famoso y pasa a convertirse en una expresión de su estilo personal.
Gable era el tipo de actor que parecía diseñado para la era dorada del cine. Su imagen mezclaba masculinidad, ironía, elegancia y una seguridad que las cámaras adoraban. El Duesenberg acompañaba perfectamente esa construcción. Era caro, imponente y refinado, pero no vulgar. Tenía presencia sin necesidad de exagerar. Como un buen protagonista, sabía ocupar la escena.

El costado más emocional de la historia llega con Carole Lombard, la actriz que fue el gran amor de Gable. El Duesenberg formó parte de esa relación: viajes, escapadas por California y momentos privados de una pareja que Hollywood seguía con fascinación. En ese punto, el auto se vuelve algo más que una pieza de colección. Se convierte en testigo de una historia de amor real, con todo el glamour y la tragedia que el cine muchas veces intenta imitar.
Lombard murió en 1942 en un accidente aéreo mientras participaba en actividades vinculadas al esfuerzo de guerra. Para Gable fue un golpe devastador. Según la historia asociada al auto, el actor no quiso volver a verlo después de aquella pérdida. El Duesenberg, cargado de recuerdos, fue vendido fuera de California y comenzó una segunda vida lejos de su dueño original.
Ese tramo explica por qué el resultado de la subasta no puede leerse solo desde el precio. Los 9,08 millones de dólares pagados en Monterey compraron mucho más que un automóvil de 1935. Compraron una pieza unida al Hollywood clásico, al diseño a medida, a un actor inmenso y a una historia sentimental que todavía conserva fuerza.
El Duesenberg también tenía argumentos propios para alcanzar una cifra semejante. La marca fue una de las más prestigiosas de Estados Unidos antes de la Segunda Guerra Mundial. Sus autos estaban entre los más caros, sofisticados y deseados de su tiempo. Eran vehículos reservados para millonarios, industriales, celebridades y personas que buscaban algo más que transporte. En los años 30, tener un Duesenberg era una declaración social.

Por eso el precio final funciona casi como una confirmación cultural. En el mercado actual, los coleccionistas ya no buscan únicamente autos raros. Buscan relatos completos. Autos que puedan mostrarse, sí, pero también contarse. Y pocos relatos son tan potentes como el de un Duesenberg diseñado a gusto de Clark Gable, compartido con Carole Lombard y preservado durante décadas hasta alcanzar una cifra propia de obra de arte.
Casi 90 años después, el viejo Duesenberg volvió a ocupar el centro de la escena. Esta vez no fue frente a un estudio de cine ni en una ruta costera junto a Carole Lombard, sino bajo las luces de una subasta en Monterey. El martillo bajó, la cifra quedó escrita y el auto cambió de manos. Pero su historia, esa mezcla de glamour, amor y pérdida, sigue viajando con él.


