La paz que la familia de Luna Giardina y su madre, Mariel Zamudio, intenta reconstruir desde sus asesinatos, se resquebrajó de la manera más inesperada en las últimas horas.
Es que desde la Unidad Penal de Gualeguaychú, el acusado de haberlas matado, el exmarido de Luna y papá de su único hijo, Pablo Laurta, se habría comunicado con ellos para sembrar pánico y terror desde su celda de máxima seguridad.

A través de mensajes que llegaron directamente al círculo más íntimo de las víctimas (vale recordar que Laurta también está imputado por la muerte del chofer Martín Sebastián Palacios), el femicida dejó en claro que su sombra sigue siendo alargada.
“Pronto voy a recuperar la libertad, ya saben quién soy” y “Tarde o temprano se sabrá la verdad”, fueron las sentencias que, según denunció la abogada Marina Romano, helaron la sangre de la familia Giardina.
Estas palabras no fueron solo textos en una pantalla; representaron el recordatorio de una pesadilla que se niega a terminar.
La indignación de la familia fue total. Laura Giardina, hermana de Luna, recibió la confirmación de estas amenazas a través de la propia fiscalía, un hecho que la letrada Romano no dudó en calificar como una verdadera “burla del sistema”.
Para los allegados, resulta incomprensible y "macabro" que una persona imputada por un triple homicidio conserve la capacidad de contactar a sus víctimas para seguir ejerciendo poder sobre ellas.
La alarma se encendió de inmediato: si Laurta pudo romper el aislamiento para amenazar, ¿qué seguridad real tienen quienes esperan justicia?

El historial de Laurta es el de un depredador que ignoró cada advertencia. Antes de que el horror se desatara el 8 de octubre del año pasado, Luna Giardina ya había hecho todo lo que el sistema le pedía: denunció violencia de género, obtuvo una orden de restricción y cargaba con un botón antipánico que, lamentablemente, no sirvió de escudo ante la ferocidad del atacante.
Aquella noche de furia comenzó con el engaño al remisero Martín Palacio, quien creyó realizar un "traslado ejecutivo" hacia Córdoba. Fue su último viaje.
Laurta, según la investigación, lo asesinó de un disparo y, en un acto de saña indescriptible, lo descuartizó para ocultar sus restos. Pero su raid no terminó allí. El destino final fue el hogar donde Luna (26) y su madre, Mariel Zamudio (54), fueron ejecutadas a balazos. La huida posterior, con su hijo de cinco años a cuestas, terminó 700 kilómetros después, en un hotel entrerriano donde finalmente fue capturado.
Hoy, desde el encierro, Laurta parece querer reescribir su historia con amenazas. La defensa de la familia ya solicitó medidas urgentes para frenar cualquier contacto y garantizar la integridad de quienes, tras perderlo todo, hoy vuelven a mirar por encima del hombro. Mientras la Justicia avanza, el reclamo es uno solo: que las rejas sean, finalmente, un límite real para el terror.
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