El sábado 8 de septiembre, Gabriela Waisman (33) era feliz. Llamó a su madre, y le propuso salir de compras el domingo. El martes sería un gran día. Tendría un trade show en el piso 106 de las
Twin Towers, y quería deslumbrar. Esa presentación de negocios duraría dos días. Su oficina en Sybase, donde era gerente, quedaba a nueve cuadras de allí. Su mamá le ofreció acompañarla al Macy's de Queens. Pero Gabriela quería comprar en Manhattan, en
Macy's o en Fortunoff. Y lo hizo: se compró tres trajes. Y esperó hasta el martes para lucirlos...
Desde el mismo día de la tragedia, su familia espera el milagro del reencuentro.
Gabriela llegó a Nueva York en 1974 directamente desde la calle Oroño al 1200, en el barrio de Caballito, de la mano de sus padres, Armando y Martha Waisman, junto a su hermana Andrea. Tenía 6 años. Desde esa época vivió en Queens, a unos cuarenta minutos de auto de las Gemelas. Es psicóloga, se recibió en
St. John's University, pero no ejerce. No tiene novio, y en su casa siempre se habló en castellano. La voz de su padre, que tiene 60 años y a quien operaron del corazón el 14 de agosto, suena firme pese a la infinita tristeza. La hermana y la madre fueron a buscar la ficha dental de Gabriela por la mañana. En la casa de Andrea, que es abogada, está Rob Treble, su esposo, y el pequeño nieto de Armando, Harrison Charles, lo único que le alegra un poco la vida por estos días.
"Ella vivía en un departamento -cuenta Armando, que es mecánico-.
El martes se fue temprano rumbo a las Torres, porque tenía ese trade show. Una limusina la vino a buscar a las siete de la mañana. Pasó por lo de otra chica y salieron. Estaba contenta, porque hace poco la habían ascendido en Sybase, una compañía de software que tiene una filial en la Argentina".
-¿Cuándo fue la última vez que habló con su hija?
-El lunes por la noche. Había trabajado hasta las nueve de la noche. Me dijo que estaría en el piso 106 y que se había quedado hasta tarde preparando su exposición del martes. Me despedí, y le dije que tuviera cuidado cuando regresara a su casa esa noche. Qué iba a pensar... A eso de las nueve menos cinco del martes llamó por teléfono a su hermana. Estaba asustada, decía que había mucho humo y que le costaba respirar. Mi yerno le dijo que se fuera. Yo le dije que pusiera la cabeza abajo, en el piso, para respirar mejor. Hubo otros llamados, fueron ocho o nueve. Como después de su primer llamado prendimos la tele, le dijimos que se había estrellado un avión. Contaba que habían puesto a los empleados en el hall, que todos tenían miedo. Mi yerno le volvió a decir que se escapara. En el último llamado, Gabriela decía que directamente ya no podía respirar, lloraba. No la volvimos a escuchar. El avión chocó más abajo de ese piso. Y nadie podía esperar que semejante edificio se viniera abajo.
Armando hace silencio, y luego cuenta que ya buscaron por todos los hospitales, y pegaron afiches por la ciudad. El no fue, por su operación del corazón, que hizo "por pedido de mis hijas... yo no quería, pero ellas dijeron que estaría mejor". Sin embargo, resistió lo peor: la familia entera vio cuando el edificio, el Uno (que recibió el primer impacto y cayó después), se vino abajo. "Parecía una película, pero era en vivo. Cuando se derrumbó el primero, instintivamente dije: 'Este se cae también'. Y lo hizo para adentro, como un panqueque... Todos gritaron, mi hija se abrazó a mí..."
Los Waisman no se rinden. Aunque Armando, que tiene una fortaleza admirable, dice: "A medida que pasa el tiempo, las esperanzas se pierden. Mi yerno me dice que vaya preparando a mi señora, pero ya somos viejos, conocemos todo".
-¿Cómo es Gabriela?
-(Weisman se ilumina) Ahhh... es brillante. Donde fuera, siempre había alegría. Se reía siempre. Tanto que yo siempre le decía: "Nena, de qué te reís tanto". Y ayudaba, no sabe cómo... Mire, a una amiga que por lo que sabemos habría desaparecido con ella, le consiguió el trabajo. Y contrató a su cuñado, que trabajaba en
Windows of the World, el restaurante del piso 107 de las Torres, para hacer el catering del trade show.
La remoción de escombros continúa y los túneles que cruzan el subsuelo de las torres son el lugar donde aún puede quedar gente con vida: allí está la esperanza, o lo que va quedando de ella. El resto es dolor.
por Hugo Martin ([email protected])
y Gustavo Cherquis (desde Nueva York)
fotos: Miguel Rajmil

Armando Waisman muestra la foto de Gabriela, su hija, una de los cuatro argentinos desaparecidos en el atentado terrorista. En la casa de Long Island toda la familia vio en directo cómo se derrumbaban las Twin Towers.

Gabriela, la primera desde la izquierda, en el casamiento de su hermana Andrea, tres años atrás.
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"Parecía una película, pero era en vivo. Cuando se derrumbo la primera torre, instintivamente dije: La otra se cae también", cuenta Armando Waisman.