Ajuste, riesgo país, inseguridad, corrupción, recorte de jubilaciones, piquetes. Son palabras que suenan extrañas en la comunidad aborigen Pilagá de Qompi, de 640 habitantes y situada a 250 kilómetros de la capital formoseña, donde no llegan ni la televisión ni las radios. Sólo existe una escuela -la
401- como un puente de plata entre una cultura ancestral y la del hombre blanco. Allí concurren 212 chicos que
hablan su lengua: pilagá. Que no se escribe, sólo se habla.
Es justo aclararlo: allí no se habla de ajuste porque no se puede ajustar sobre lo que no se tiene. Como tampoco se les pueden
ajustar a esos chicos la ilusión y la esperanza de que algún día van a ser parte activa de ese
gran país del que tanto les hablan los maestros. Pero no están solos: desde hace cinco años, la escuelita es apadrinada por el colegio
Saint Gregory's de Vicente López. Cada año parten hacia Formosa los grupos voluntarios de estudiantes secundarios. Llevan donaciones: remedios, ropa y regalos fabricados por el taller de los abuelos del propio colegio. Pero este año, la maestra Berna Delger -coordinadora del taller- escuchó la pregunta de los propios abuelos:
"¿Por qué no vamos nosotros mismos a llevarles los regalos y a enseñarles todo lo que un abuelo le puede dar a un nietito?".
Así, el grupo no tardó en partir hacia la aventura: Amanda Green, Delia Cuervo, Renée González, Ana María Letieri, Lidia Lamas de Rego y el único hombre del grupo, Pocho Lencina.
"Nos enterneció saber que estos chicos, además de estar en el medio de la selva olvidados por nuestra sociedad, le tienen un miedo ancestral a la noche. Nos propusimos llevarles los regalos y
prepararles un fogón", cuenta Amanda, quien también colabora en un hogar de chicos indigentes en Vicente López.
La mañana del lunes 2 de julio fue inolvidable. Los abuelos fueron recibidos por los 212 chicos en el frente del colegio;
no faltó ninguno. Para sorpresa de los visitantes, cantaron -aun los más chiquitos que sólo hablan pilagá- la canción
Aurora mientras izaban la bandera argentina. Entre ellos se destacaba una adolescente, Cecilia Sifredi, a quien los chicos pilagás llaman
almita blanca. Sus padres, Cecilia y Naldo -maestros en la escuelita- viven en la comunidad Qompi, y ella decidió acompañarlos.
Ceci habla un perfecto pilagá y ayuda en las traducciones. Después del acto se fue con las abuelas a potabilizar el agua de un pozo de lluvia.
Mientras tanto, Berna -la coordinadora- se reunía con los maestros (en total son 16, la mayoría vive en la cercana localidad de Pozo del Tigre) para intercambiar experiencias y planificar la visita. Luego, los abuelos pasaron por cada aula para enseñar a usar los
juguetes didácticos que ellos mismos habían creado. Y deslizaron algún caramelito, a escondidas del dentista.
Cuenta Berna, orgullosa: "Los pilagás reciben nuestras donaciones de ropa, medicamentos y comida dos veces al año. Pero esta vez fue incomparable: recibieron amor en su más pura expresión: la que sólo un abuelo puede darle a un chiquito. Hicimos los juegos en base a los contenidos académicos que nos enviaron los maestros pilagás. Ejemplos: Juegos de tablero con números y fichas como la Oca pero representando por animales del lugar: sapos, tortugas y víboras. Juegos de emboque con pelotas. Al verlos, los chicos empezaron a idear sus propios juegos con materiales de la
zona".
Y fue tan fuerte la corriente de afecto entre los abuelos y los chicos, y tan útil el aporte de los mayores para que los pequeños aprendan más y mejor, que los maestros decidieron incorporar a los abuelos pilagás en la enseñanza.
LA DEUDA INTERNA. Daniel Blanco es odontólogo. Su hijo estudia en el colegio de Vicente López. Quiso sumarse al viaje de los abuelos para poner en práctica el
Plan de prevención de enfermedades odontológicas en la pobreza. Atendió a los 212 chicos y registró el diagnóstico en cada planilla: piensa volver para continuar con el trabajo iniciado.
Los pilagás viven en casas de madera con piso de tierra. Hacen el fuego en el piso y comen guisos contundentes: fideos con carne y mucha verdura. El más impactante es el que prepara Mari, la cocinera de la escuela:
"Es tan nutritivo que a los chicos los fortalece para evitar enfermedades como la tuberculosis. El año pasado sólo tuvimos dos
casos", cuentan en la comunidad.
Después de tantos juegos, clases de alfabetización, talleres de artesanías, el martes los abuelos enfrentaron el último gran desafío: compartir una noche al aire libre con los chiquitos pilagás, que temen a su severo dios de la oscuridad. Después del asado hicieron una ronda a la luz de la luna. De a poco, los chicos se fueron sentando entremezclados con los abuelos frente al fogón. Entonces,
Pocho Lencina pidió la palabra y dijo emocionado: "Quiero agradecer
por darme la oportunidad de sentirme útil".
Cuando los más chicos escucharon la traducción lo ovacionaron a su manera: imitando con un silbido a los pájaros del lugar. Ignacio Silva, maestro pilagá del 1º grado B, escribió:
"Gan acik da qombi owetawlo henho nolo qombi" , Traducción: "Les agradecemos a estos sabios abuelos por estar con nosotros. Y elevamos esta inmensa alegría al Dios de la
vida".
por: Alejandro Sangenis
[email protected]
fotos: Taller de las Abuelas del colegio Saint Gregory´s

Las abuelas Amanda y Delia con los pequeños pilagás.

El odontólogo Daniel Blanco revisó a 212 chicos, y volverá.