Hay personas sorprendentes. Roberto Spaghetti de Vicenzo, considerado por los
expertos de Europa y los Estados Unidos como uno de los cinco mayores golfistas
de todos los tiempos, y que ha dado la vuelta al mundo en aviones por lo menos
una docena de veces, tiene miedo de volar. Ha estado en más de cincuenta
países, "pero no conozco nada, salvo los aeropuertos, los taxis, las
canchas de golf, que son todas muy parecidas... y los restaurantes". Ha
jugado golf con emperadores y reyes (con Hirohito, del Japón, Jorge IV de
Inglaterra y Leopoldo de Bélgica); con presidentes (Richard Nixon y Carlos
Menem, por citar algunos); con estrellas (Frank Sinatra, Bob Hope, Ava Gardner y
el astronauta Neil Armstrong), pero acompaña con la misma alegría, y con el
mismo trato cordial, a cualquier desconocido que lo invite a hacer unos hoyos en
los links del club de Ranelagh, donde vive desde 1940.
Ya se ha retirado de los torneos magistrales, pero sigue en la brecha. De su
casa a la cancha hay muy poca distancia, y casi todos los días, después de
darle un beso a Delia, su mujer, la recorre caminando. Como sus hijos, Roberto
Ricardo y Eduardo Alfredo, y sus nietos viven en su misma cuadra, pasa un rato
con ellos antes de ir al club. Por las calles todos lo conocen y lo saludan del
mismo modo: "¡Chau, Maestro!". "A veces pienso que no
saben mi nombre, y por eso me llaman así", dice él, con humor.
UN CABALLERO. Hombre humilde toda su vida, Roberto. Como Juan Manuel
Fangio, que fue su amigo (y también fue votado por los periodistas argentinos
como uno de los cinco mejores deportistas del siglo, junto con Vilas, Monzón y
Maradona), siempre pensó que "hay que tratar de ser el mejor; pero en
el momento que te la creíste, perdiste". Hombre admirado, Roberto:
Arnold Palmer, otro golfista legendario, señalaba que "es tan caballero
que jamás tuvo un enemigo, y eso que jugó en un medio competitivo donde la
mayoría trata de perjudicar al rival por cualquier medio". No es todo:
los norteamericanos, para quienes el golf es una pasión, han instituido un
torneo que lleva su nombre; además grabaron su imagen en el Hall de la Fama,
y lo hicieron miembro honorario del Captains Club, una entidad tan
exclusiva que rechazó a John Kennedy como socio.
Aunque sus 280 triunfos mundiales no lo hicieron millonario, tiene un buen
pasar. Pero no siempre la vida lo trató bien: "Mi padre era pintor de
brocha gorda, y no le gustaba demasiado trabajar. Buscaba empleo cuando el agua
nos llegaba al cuello", recuerda. Eran ocho hermanos. Su madre murió
durante un parto, cuando el futuro golfista tenía nueve años, y él trató de
ponerse la casa al hombro, cuidando a sus hermanos menores. Por la mañana les
preparaba la comida y luego caminaba hasta el Club de Golf Mitre (que por
entonces se llamaba Deportivo Central Argentino), en Migueletes, en el
partido de San Martín, "a ganarme unos pesos como lagunero".
Ese oficio consistía "en rescatar pelotas de golf que caían en la
laguna de la cancha. En primavera y en verano era lindo; en otoño, más o
menos; pero en invierno se ponía difícil: el agua estaba helada y las piernas
y las manos se me agarrotaban. Y no eran minutos los que te llevaba rescatar las
pelotas... eran horas".
Luego ascendió a caddie, y cargaba la bolsa con los palos de golf. "Así
empecé a aprender, mirando la técnica de los buenos. También practicaba en
casa, con un palo y una pelota, todos los días". En 1937 un
profesional llamado Juan Gardino, que no tenía compañero para competir, lo
invitó a jugar, y se sorprendió de la destreza del caddie. En 1938,
cuando sólo tenía 15 años de edad, disputó su primer torneo, en el Ituzaingó
Golf Club: "No figuré. Pero me entusiasmé tanto que ya no quise
hacer otra cosa. Esa vez fui a jugar en zapatillas de goma, y un jugador me
dijo: "¿Por qué no usás zapatos de golf, pibe? Son mucho mejores que
eso que tenés puesto". "Y me dio tanta vergüenza decirle que yo
no tenía ni un mango para comprar zapatos, que le contesté: '¿Sabe qué
pasa, señor? Es que me patrocina Alpargatas...'".
SPAGHETTI. También quiso ser futbolista, "pero el día que me
fui a probar a Boca, el club de mis amores, el seleccionador faltó, y yo no
volví más". Uno de sus tíos lo entusiasmó para que boxeara, porque
de chico De Vicenzo era peleador y se defendía bastante bien. "Tenés
buenas manos y buenas piernas; serías un gran boxeador", le decía. "Pero
yo le contestaba que no me convenía, porque a esta nariz mía era imposible
errarle una piña", se ríe ahora.
"¿Y el sobrenombre de Spaghetti, cómo nació?" "Eso fue
en el año 44. Yo estaba haciendo la colimba en la Armada, y como había
un torneo, salí a última hora del cuartel y me fui a jugar vestido de
marinero. Por esos años, en la Argentina, al personaje de historietas que hoy
se llama Popeye, el Marino se lo llamaba Spaghetti. Y un colega
tuyo, el periodista Gregorio Milderman, empezó a hacerme bromas, y me quedó Spaghetti
para siempre. Aníbal Vigil, que fue mi amigo y jugaba conmigo, me llamaba
también así. Pero la cosa me dio suerte, porque ese año gané el campeonato
de profesionales y el Abierto de la República."
La suerte no existe o, en todo caso, hay que ayudarla. Las cábalas de
Roberto eran "jugar siempre con medias coloradas, y un gorro con un
pompón rojo", y practicar el triple de tiempo que sus competidores.
Acostumbrados a competir entre ingleses, norteamericanos, australianos y
sudafricanos, su nacionalidad era un enigma para sus grandes rivales. "¿Dónde
naciste vos?", le preguntó un día Jack Nicklaus, otra leyenda del
golf. "¡En la Argentina! ¿No se me nota?". "Pero, tu padre,
¿qué era?" "Italiano, y emigró a la Argentina." "Ah,
entonces sos italiano..." "No, hombre, soy argentino y muy orgulloso
de serlo." "Decíme una cosa: si en vez de emigrar a la Argentina tu
padre hubiera emigrado a Japón, con esa cara que tenés, ¿serías japonés,
vos?" -remató Nicklaus.
"Ha jugado siempre al golf con excepcional honor", le
dijeron al hacerlo miembro del Captains Club. No exageraban. Los hechos
así lo indican. Se comportó con la misma calma, por más que la procesión
fuera por dentro, cuando ganó el Abierto de Gran Bretaña en 1967, como
cuando por un error de anotación, en abril de 1968, no triunfó en el torneo de
Augusta, el más importante del mundo. El error no fue suyo, sino de
quien anotó un golpe de más en la planilla que todo golfista debe firmar al
concluir el juego. Roberto la firmó sin controlarla, y la victoria se le
escapó. No hubo intención de perjudicarlo; son distracciones frecuentes y ha
ocurrido otras veces. Pero lo que sorprendió a los jueces de Augusta fue
el modo con que De Vicenzo aceptó la cuestión: no se indignó, como otros; no
maldijo ni le cambió el rostro. Sólo un aristócrata -palabra que,
etimológicamente significa el mejor- es capaz de ese proceder.
Tiene un millón de amigos en el mundo entero. Todos coinciden en ponderar su
honestidad y su rectitud. "Una de las cosas buenas del golf es que vos
entrás en una cancha, y al rato te has hecho de amigos", dice,
modesto. Y admite que el deporte sigue conmoviéndolo como el primer día. "Tal
vez en la cara no se me note, pero empiezo a jugar y por dentro me siento
excitado. No me ocurrió con ninguna otra disciplina. Jugué fútbol, paleta, me
gusta el boxeo y el tenis, pero como el golf, nada."
Su vida transcurre ahora con cierta calma, sin aviones -a los que todavía
teme- y acompañado por su familia. Escucha a Soledad, ve a Boca por
televisión ("No voy a la cancha desde que Alberto J. Armando era
presidente") y las pocas veces que sale siempre encuentra a alguien que
le pide un autógrafo o quiere hablar con él. Atiende a todos con amabilidad: "Cuando
la gente se acerca, es con cariño. Y el cariño no cansa. No entiendo a esas
personas que se matan para que la gente los conozca, y luego, cuando son famosos
y alguien se les arrima para felicitarlos, lo sacan volando. Mi amigo Arnold
Palmer iba a todas partes con un policía que lo custodiaba. Yo le decía, en
broma: 'Arnold, ¿ese policía te cuida para que no te acosen tus fans
o te vigila para evitar que cometas algún robo?"
por Carlos Baudry
fotos: Archivo de Editorial Atlántida

El maestro De Vicenzo y la pelotita de golf, inseparables. Ganó 280 torneos en todo el mundo, pero es más conocido por ser un ejemplo de fair play.

Uno de los tantos premios que ganó en nuestro país fuera de los links: el Olimpia de Oro 1970.

En el jardín de su casa de Ranelagh, con una pequeña parte de sus trofeos.

En el inicio de su carrera, con zapatos rotos.

Roberto en la estación Ranelagh, a 50 kilómetros de Buenos Aires. Allí vive desde 1940. Para todos los vecinos, el orgullo local.
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Un día decidió sorprender a su esposa, Delia (en la foto, con ella y su hijo Roberto Ricardo), y la invitó a salir. Ella aceptó y se vistió con elegancia. Cuando se sentó en el auto, Roberto puso primera y le preguntó: "¿A qué cancha de golf querés que te lleve?".