El argentino que vio al Papa Francisco poco antes de su muerte relata ese encuentro: “Lo traían en silla de ruedas, pero mentalmente estaba lúcido" – GENTE Online
 

El argentino que vio al Papa Francisco poco antes de su muerte relata ese encuentro: “Lo traían en silla de ruedas, pero mentalmente estaba lúcido"

A un año de la muerte del sumo pontífice, el investigador en historia y religión, Gerardo Di Fazio, quien lo conoció “de cura, de obispo, de arzobispo, de cardenal y de Papa”, habló con GENTE sobre cómo recuerda al líder de la Iglesia Católica.
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A un año de la muerte del Papa Francisco —ocurrida el 21 de abril de 2025 en su residencia de la Casa Santa Marta, en el Vaticano— el calendario vuelve a poner la figura de Jorge Mario Bergoglio y su historia en boca de todos, con homenajes que recorren su historia e interrogantes que cobran fuerza.

En ese marco, Gerardo Di Fazio —investigador de historia y religión y amigo de Francisco— habló con Revista GENTE desde un lugar poco común: el de quien combina mirada histórica y recuerdo personal, y que además carga con un dato que vuelve su testimonio especialmente sensible: fue “uno de los últimos” argentinos que lo vio con vida.

Yo lo conocí de cura. Lo conocí de obispo. Lo conocí de arzobispo, de cardenal y de Papa”, describe Di Fazio. Esa enumeración no es sólo biográfica. Es, en su relato, la prueba de que el personaje público fue cambiando de rol —como cambia cualquier persona cuando la vida la sube o la mueve de lugar—, pero no necesariamente de esencia. Y ahí aparece una de sus ideas más insistentes: el cargo transforma el papel, no la cotidianeidad.

Es un aniversario triste para los argentinos”, dice al comienzo de la charla. Lo explica con una comparación que ubica la emoción en un mapa más amplio: así como otros pueblos vivieron como propio el fallecimiento de un Papa vinculado a su identidad, a los argentinos nos toca el duelo con Bergoglio. Pero en su tono no hay sólo tristeza: hay, sobre todo, una sensación de desfasaje entre lo que se tuvo y lo que se valoró tarde: “Ahora lo extrañamos… este año nos hemos dado cuenta de lo que perdimos”.

Esa constatación emocional se mezcla, en su mirada, con un diagnóstico del presente que repite como golpe de realidad: “Este año nos encuentra el mundo en llamas”. Para Di Fazio, no es un año cualquiera: es “muy difícil” y “muy triste”, el primero sin Francisco, atravesado por un clima global más áspero, más tenso, más inflamable. Y en esa escena —dice— es inevitable la pregunta que aparece siempre después de las muertes grandes: “¿Qué hubiera pasado si hubiera estado Francisco?”. Él mismo la formula, pero no se queda en la especulación: “Bueno, él no está, ya no está, pero nos dejó su herencia”, sostiene, y ubica esa herencia también en la continuidad institucional: un nuevo pontífice (León XIV) que sigue la sucesión apostólica.

Entre bromas y risas, así recuerda Gerardo Di Fazio al Papa Francisco a un año de su muerte.

Ante la pregunta sobre qué cambió en la Iglesia, Di Fazio se corre del sentido común y responde con una precisión que parece de una clase: “Cambiar no cambió nada. La Iglesia sigue siendo la misma Iglesia que hace 2000 años. Teológicamente, estructuralmente no ha cambiado nada. Hay un Papa nuevo”, para luego agregar: “Lo que cambió es el marco del mundo, el teatro en el cual la Iglesia se está moviendo”.

Ese “teatro” no es metáfora casual. Di Fazio insiste en pensar la vida —y también la historia— como una obra donde los roles se suceden. Y aplica esa lógica a Bergoglio: el hombre pudo ser cura, obispo, arzobispo, cardenal y Papa, pero, dice, “la cotidianeidad nunca cambia… el rol va a cambiar, pero la cotidianeidad no cambia”. En otras palabras: el Francisco público ocupaba el lugar que le tocaba; el Jorge privado seguía siendo, en sus gestos, el mismo.

En ese punto, Di Fazio empieza a delinear su “Francisco” menos fotogénico y más real: el de la risa. “En la cotidianeidad era siempre el mismo. Era una persona que se reía mucho… hacía chistes… era muy común, muy normal”, cuenta. Y marca un contraste con la imagen fija que muchos recuerdan: “Acá siempre se lo vio con una cara seria, un gesto adusto, flaco”, pero en el trato cercano —asegura— predominaba otra cosa: la broma, la risa, la normalidad.

Al hablar de esa forma de ser de Francisco que rompía con la estructura, Di Fazio cuenta como prueba de esa tensión entre vida cotidiana y cargo: el día en que Bergoglio asumió como Papa y quiso seguir moviéndose como antes. Recuerda que su gran devoción era Santa María la Mayor y que, al poco tiempo de ser elegido, quiso ir. En su impulso, dice Di Fazio, apareció el viejo reflejo porteño: “Me tomo el colectivo… tomo el subte”. La respuesta que recibió fue brutal en su sencillez: “Es el Papa, no puede tomar el colectivo, el subte”. Y entonces Di Fazio describe lo que vino: “Fue un golpe… un cambio de vida rotundo”. En ese sentido, no duda en pensar también el papado como desarraigo: “Pensar que se fue de acá y no volvió más… dejó todo”.

¿Qué legado te parece que dejó el Papa Francisco?

— Ha dejado un mensaje de que es posible hacer muchas cosas, que podemos hacer muchas cosas desde nuestra realidad cotidiana. No hay que ser ni Papa, ni presidente, ni ministro, ni secretario. Desde nuestra realidad cotidiana podemos hacer cosas que van a cambiar el mundo. La famosa frase 'pinta tu casa y pintarás el mundo'.

El último encuentro con Francisco, poco antes de su muerte

Al hacer memoria de los primeros meses de 2025, cuando comenzaban a hacerse más habituales las noticias vinculadas a los problemas de salud del Papa Francisco, Di Fazio recuerda que tenía agendada una visita en el Vaticano para un encuentro con él.

¿Qué recordás de ese último encuentro?

— Fue un poquito tiempo antes de... yo lo vi el 11 de febrero. Quedamos en encontrarnos nuevamente el 17 de febrero. Y lo vi mal. O sea, ya lo traían en sillas de ruedas, aunque mentalmente estaba plenamente lúcido. Recuerdo que me llamó la atención que tenía las manos muy hinchadas. Y bueno, quedamos en vernos el lunes siguiente, pero nunca llegó, porque lo internaron. Siempre pienso que es 'el lunes de eternidad' porque nunca llegó, se quedó en el tiempo y no lo volví a ver más.

Gerardo Di Fazio fue uno de los últimos argentinos en ver con vida al Papa Francisco.

Di Fazio cuenta que cuando lo internaron, se quedó más tiempo en Roma porque “la muerte parecía inminente”. Sin embargo, Francisco duró “más de un mes”. Y en esa demora, él lee una voluntad: “Quería celebrar la Pascua y lo logró… asistió en algunas misas… y el lunes de Pascua se muere”. Ese detalle, en el contexto de su muerte en lunes de Pascua, completa una historia: la idea de llegar a la Pascua como último horizonte y despedirse después.

En la parte más íntima, Di Fazio elige recordar bromas. No discursos, no reuniones solemnes, no gestos oficiales. “A nivel personal están sus bromas que me hacía constantemente”, dice y entre risas recuerda una escena que lo devuelve humano y, al mismo tiempo, lo ubica en el corazón del Vaticano: cuando cumplió 50, Francisco lo invitó a Santa Marta. Fueron a misa, desayunaron, y el Papa le preguntó cuántos cumplía. Di Fazio respondió “25”. La devolución fue instantánea: “En cada pierna”. “Hay una foto —recuerda— justo cuando me está diciendo eso, y yo me estoy matando de risa, y él también”.



 
 

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