Una cumbre a sangre y fuego – GENTE Online
 

Una cumbre a sangre y fuego

"Si algo puede salir mal, saldrá mal"
(Primera Ley de Murphy)

Los tres días de violencia, sangre y muerte que entornaron la cumbre genovesa del
Directorio del Mundo (las ocho naciones más poderosas del planeta: EE.UU., Rusia, Japón, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania y Canadá) tuvieron preludios no menos volcánicos en Seattle y Davos 1999, en Washington, Praga y Niza 2000, y en Quebec y Gotemburgo 2001. La batalla, en síntesis, está entablada entre los grandes polos del dinero (FMI, Banco Mundial, Unión Europea) y los
globalifóbicos -término creado por el ex presidente mexicano Ernesto Zedillo-, entre los que se infiltran
ultraviolentos más que globalizados de unos treinta países cuya cabeza es el campesino francés José Bové (ex París, mayo del 68). Allí, en esa poblada olla, convergen marxistas, anarquistas, ecologistas, feministas
and Co., se zambullen también zapatistas, Sin Tierra brasileños, activistas de
Greenpeace, y hasta la made in Argentina Hebe de Bonafini. Consigna global de los
globaf (apócope creado por la prensa internacional): justicia, mejor distribución de la riqueza y guerra a las transnacionales. Un credo que, según el agudo historiador inglés Niall Ferguson,
"No es más que un marxismo mal digerido: los grandes males del mundo sólo pueden ser resueltos… ¡por instituciones
globales!"
. Pero en Génova, durante la cumbre G8, los más aterradores fueron los
Black block (Bloque negro). Vestidos de negro con bermudas de telas hight
tech
, T-shirts de última moda con la efigie del Che Guevara, borceguíes o zapatillas de marcas multinacionales y no menos de 100 o 150 dólares el par, bandanas y pasamontañas
Alpes style, atormentaron a la ciudad marchando al son de tambores y redoblantes. Cierto es que la protesta contra la G8 reunió a más de 200 mil manifestantes, pero no es menos cierto que el vandalismo fue desatado por
apenas el 2 por mil de esa muchedumbre: una película harto conocida. Sin embargo, esa minoría, armada con piedras, garrotes, bombas
molotov, botellas llenas de arena, catapultas, puñales, clavos, picos y extinguidores de incendio, y protegida por cascos, rodilleras, anteojos antigás lacrimógeno y algunos escudos de plexiglás, se las compuso para
jaquear a la ciudad y destrozar cuanto encontró al paso. El lunes 23, ya terminada la cumbre, el municipio genovés apuntó este balance: un muerto (Carlo Giuliani, 23, grupo
Punk Bestia), 500 heridos (dos, un alemán y un inglés, gravísimos), 100 presos y 113 objetivos destrozados, entre comercios, bancos, edificios públicos, casas particulares, oficinas de correo, estaciones de servicio, cabinas telefónicas, cajeros automáticos y paradas de ómnibus. En materia de tecnología, y a pesar de su horror a la globalización, se valieron de teléfonos celulares, correo electrónico y sitios de Internet para fijar sus encuentros y atacar. Eso, sin desdeñar un bocado en sus odiadas cadenas de
fast food, "que, después del Big Mac y de la Coca
Cola, serán prudentemente apedreadas", como escribió el periodista Jorge Elías en
La Nación en coincidencia con Bronwen Maddox, de The Times (Londres):
"Hay una nueva ola antinorteamericana que lleva adosada una admiración por los Estados Unidos, su comida, sus películas, y el deseo de ir allá a trabajar o a la universidad.
Acaba de incendiar un vehículo, y no es un improvisado: lleva, entre otros pertrechos, una máscara protectora contra gases lacrimógenos. La mayoría atacó con cascos, bombas <i>molotov</i>, armas blancas y catapultas, y se comunicó con teléfonos celulares y correo electrónico.

Acaba de incendiar un vehículo, y no es un improvisado: lleva, entre otros pertrechos, una máscara protectora contra gases lacrimógenos. La mayoría atacó con cascos, bombas molotov, armas blancas y catapultas, y se comunicó con teléfonos celulares y correo electrónico.

En una de las calles que rodean la plaza Alimonda yace el cadáver del anarquista Carlo Giuliani, del grupo <i>Punk bestia</i>. Lo mató de dos balazos un carabinero siciliano cuando Giuliani intentó arrojar un extinguidor de incendios sobre el jeep policial, que luego pasó sus ruedas sobre el cuerpo de la víctima.

En una de las calles que rodean la plaza Alimonda yace el cadáver del anarquista Carlo Giuliani, del grupo Punk bestia. Lo mató de dos balazos un carabinero siciliano cuando Giuliani intentó arrojar un extinguidor de incendios sobre el jeep policial, que luego pasó sus ruedas sobre el cuerpo de la víctima.



 
 

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